Y colorín colorado…

Escribo estas líneas todavía maravillada por muchas de vuestras aportaciones en las redes sociales. Me ha encantado leeros, imaginaros leyendo y leer entre líneas lo que se desprendía de todas y cada una de vuestras reflexiones. Ojalá pudiésemos charlar personalmente sobre todo lo que habéis comentado con un buen café en la mano.

Respecto al lavado educativo de los cuentos -tema que ha suscitado gran cantidad de comentarios y visiones- creo que muchas personas han coincidido en que adaptar los cuentos a lo que se considera “emocionalmente” adecuado para los niños hace que la obra pierda ese poder de implicación emocional que conservan algunos relatos tradicionales. Yo soy partidaria de dar espacio a todas las emociones y de dejar que los niños y niñas puedan sentir lo que necesiten con total libertad. Digo esto con la intención de que pueda ser tenido en cuenta sobre todo respecto a las emociones que consideramos negativas.

Los niños tienen fantasías terroríficas, miedos escalofriantes, celos excesivos y pavor de ser abandonados… no hablar de ello no implica que vayan a dejar de sentirlo.

Personalmente, cuando he sentido algo muy difícil para mí, lo que me ha reconfortado ha sido compartirlo, comentarlo con alguien que escuche sin más, sin convencerme de que lo que siento no es para tanto, o es inadecuado. Eso es lo que hacen los cuentos, crean un escenario donde –con la ayuda de los símbolos– se ponen forma y palabras a todo aquello que en ocasiones no nos atrevemos ni a sentir, y eso inevitablemente reconforta. Esos símbolos validan y legitiman las emociones, no las acciones. En otras palabras, tenemos derecho a sentir rabia, celos, vergüenza, miedo… por supuesto, eso no nos da derecho a hacer cualquier cosa justificando nuestros actos con nuestra emoción; pero convencernos de que lo que sentimos no es bueno no nos va a ayudar demasiado. Cuanto más conscientes seamos de todo nuestro mundo emocional, más libres vamos a sentirnos de actuar según nuestros deseos auténticos, y no según nuestro “piloto automático”. Imaginaos todo el bien que puede hacerle a un niño que alguien le ofrezca una amorosa oportunidad de explorar su mundo interno con esos símbolos que representan algo que no puede mostrar en su vida con facilidad. Imaginaos el poder de un acompañamiento donde el niño se sienta dignificado y legitimado aún cuando no se muestra –o no se siente– como el adulto espera. Imaginaos que el arte no mostrase nuestras pulsiones más oscuras, nuestro dolor, nuestros deseos, nuestra esencia… no sería arte, ¿verdad? No podemos ser luminosos si no somos conscientes de que también somos sombríos. No podemos ser héroes o heroínas sin saber que, en otras ocasiones, también vamos a necesitar que nos rescaten.

Para mí eso es lo que hacen los cuentos tradicionales, mostrarnos nuestras sombras y recordarnos que tenemos derecho a tenerlas. También, por supuesto, nos hablan de nuestras luces.

Respecto al tema de las princesas, he leído a muchas mujeres incómodas con esta figura. Sin embargo, me parece conveniente recordar que las versiones antiguas de los cuentos tradicionales no muestran únicamente mujeres débiles que son rescatadas por un hombre. Un ejemplo: en la versión de los Grimm de Blancanieves, la niña termina la historia invitando a la madrastra a su boda (por cierto, el príncipe jamás la despierta con un beso, un lacayo tropieza y al caer el ataúd al suelo Blancanieves vomita el trozo de manzana…), y haciéndole bailar en unos zapatos de hierro incandescente hasta que la pérfida mujer cae muerta. En la primera versión cinematográfica de Disney, en cambio, Blancanieves no hace nada contra la madrastra, sino que la vieja cae accidentalmente por un precipicio y desaparece en el vacío. En esta versión, la niña pasa por la historia como una figura complaciente, inmaculada e inocente. Sin agresividad, sin venganza, sin maldad. Para mí, ese es el tratamiento paternalista y patriarcal que se ha hecho de estas historias, no las historias en sí. Las mujeres somos frágiles y delicadas, y también fuertes y agresivas; del mismo modo que los hombres son activos y audaces, como también en ocasiones necesitan ser rescatados, o no son capaces de poner límites (como el padre de Hansel y Gretel). Los cuentos nos hablan de arquetipos, compuestos por luces y sombras: madres bondadosas que dan la vida por su hijo, de la misma manera que quieren hacerlo desaparecer; héroes valientes que luchan y triunfan, y hombres torpes que no se atreven a plantar cara a sus mujeres; y los arquetipos nos recuerdan nuestra auténtica naturaleza completa, compuesta por lo que nos gusta y por lo que nos disgusta. Los estereotipos de algunas versiones modernas, o de algunas producciones cinematográficas simplifican la imagen y la adaptan a una idea socialmente perfecta, según los valores en boga. En ocasiones, hasta tienen una imagen estética más parecida a una top model que a una mujer como nosotras. Y con eso pierden la fuerza arquetípica.

Los cuentos tradicionales, en sus versiones sin edulcorar, nos hablan de quiénes somos y de qué estamos compuestos.

Dice Martín Garzo que si tuviese que salvar un solo libro de todo el Universo, guardaría un ejemplar de los cuentos de los hermanos Grimm. Para mí también son un tesoro, adorado por los niños y mirado con recelo por algunos adultos. Son un maravilloso mirador de nuestras pasiones y nuestros vicios. Por eso son un regalo para quien los escucha, porque dicen una verdad que otro tipo de literatura no alcanzará nunca a decir.

Acabo este texto recordando una idea de Juan Mata: que la noción de lectura está indefectiblemente ligada a la noción de placer. Así que si no confiáis en los clásicos, si os producen desazón, angustia o juicios contra lo que contienen, cerrad el libro. Quizás, en otra ocasión, ese niño juegue a ser un lobo malvado, una princesa delicadísima o un malo malísimo, donde explorará todos esos rincones del alma de lo humano. Y si en algún momento descubrís a vuestros niños disfrutando de esos juegos, tal vez podáis regresar al libro y releer aquellas palabras mágicas que tanto gustan: “Érase una vez…”.

Eva Martínez Pardo
Marzo 2018

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