Una de mis abuelas era muy aficionada a tejer. Cuando la visitábamos, especialmente en invierno, la danza de agujas y lana apenas se interrumpía, aunque transcurría de manera casi automática, sin comprometer sus ojos ni sus oídos. Las prendas de bebé, con sus finas hebras y breves vueltas, exigían mayor atención, pero los grandes chaquetones, una vez decidido el diseño, parecían surgir de sus manos como el agua de un manantial: natural y constante.

Esta semana he pensado en ello mientras intentaba seguir el diseño perfecto de Ellen con mis manos expertas. Ambas coincidimos en dedicarnos a la lectura compartida, tejemos miradas y conversaciones que brotan del libro y la palabra desplegada. Hace años que admiro su trabajo y, cosa extraña, aunque nuestras formulaciones no coinciden, una centrada en la filosofía y otra en la literatura, tampoco disienten nunca.

La verdad: pensé que esta asistencia en su nombre sería más fácil. Di la bienvenida con la intención de acompañaros hacia sus propuestas, pero caí en las redes como una participante más. Me encontré haciéndome preguntas camaleónicas propias, analizando mi ingenuidad lectora, recurriendo a los títulos que me unen a mi familia… Os leía como espero que vosotros mismos lo hayáis hecho: con gran interés pero sin la menor intención de corregir a nadie.

Dos cuestiones se han resistido a esa modalidad de participación “no especializada”. La primera responde a una consulta explícita en las redes, formulada por @Lilia Nova: “A propósito del contar y narrar a los niños de o a 6 años, tengo la inquietud sobre el avance del libro álbum, donde la imagen es predominante más allá de los recursos literarios…

Quiero preguntar ¿los libros álbum son literatura? ¿Qué pasa con la narración cuando hay predilección por la imagen? ¿No se despierta más la creatividad, quizás con lecturas sin imágenes?

Este debate no es nuevo y las respuestas que pueda dar no son, por supuesto, cerradas ni definitivas. Pero sí encuentro muy pertinente abordarlo en este curso, que no en vano se llama “Arte, palabra y lectura en la primera infancia”. El libro álbum aporta las tres cosas a la etapa mencionada, entretejidas de modo conscientemente estético y adecuado a los tiempos que vivimos.

Ciertamente muestra predilección por la imagen, pero no aislada sino en secuencia inseparable de la palabra, incluso en los álbumes mudos. Los adultos nos preocupamos por la clasificación correcta que debemos aplicar a este reciente formato de lectura, pero a la hora de establecer una situación de comunicación artística y literaria con nuestros pequeños, esas consideraciones quedan en segundo lugar. Lo cierto es que, en la vida cotidiana de todos los que compartimos este MOOC, utilizar libros ilustrados para la lectura compartida es la opción más fácil y accesible. En ellos recuperamos el folklore, el imaginario colectivo, el ritual de narración e incluso de representación, que transforma nuestro cuerpo en materia teatral…

Lo importante es convocar el encuentro, traer los posibles tiempos y espacios a un presente suspendido en el vórtice de todos ellos, que llamamos lectura compartida.

Esto me lleva a la segunda cuestión: qué tiene de especializado este concepto, la lectura compartida. En la era de la alfabetización universal son muchos los que opinan que leer en voz alta es algo que cualquiera puede hacer y de ninguna manera puede constituir una profesión. Esta creencia convive con otra más grave: solo los niños muy pequeños requieren dicho servicio, orientado en realidad a apoyar su periodo de alfabetización escolar.

¿Qué sentido tiene, desde esa perspectiva, nuestro curso? Cuando decimos “arte”, ¿nos referimos a las producciones reconocidas por especialistas, con valor patrimonial, avaladas por un dominio técnico trasmitido en centros específicos? Creo que participamos en este foro unidos en otra visión: la que sabe o intuye que la necesidad artística del ser humano desde que nace tiene un alcance mucho mayor, es algo constitutivo del individuo y de la especie, y se refleja en acciones aparentemente más simples pero, en realidad, mucho más específicas.

Cuando añadimos la palabra a la ecuación y, muy importante, la permanencia de ambas como signos lingüísticos y artísticos trasmisibles, en combinaciones diversas y renovadas en cada contexto histórico, llegamos por fin a la lectura compartida.

Ellen Duthie nos invita a experimentarlo en todas sus propuestas y a reflexionar sobre lo que sucede en cada una de esas imprescindibles lecturas. Tenéis la puerta abierta a su trabajo en http://www.ellenduthie.com/

Y nosotros nos vemos de nuevo en el curso dentro de una semana, con nuevas conversaciones entretejidas.

Un abrazo lector a grandes y pequeños:

Beatriz Sanjuán
Enero, 2019

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