Queridos y queridas lectoras:

Ha sido un auténtico regalo ir descubriendo cómo los cuentos iban impactando en vosotros y, sobre todo, cómo habéis ido compartiendo vuestras impresiones después de esos impactos. Siempre me maravilla el lugar donde llegan estos relatos, cuando los dejamos entrar con su verdad, a veces implacable. Gracias a todas las madrastras, cenicientas, ogros, patitos feos y otros bellacos por manifestaros entre nosotros.

Sabemos que estáis ahí, aunque sea para recordarnos lo que no queremos ser con nuestros niños, o con nosotros mismos…

Respecto al lavado educativo, me han parecido interesantísimas vuestras reflexiones: había quien dudaba, a pesar de ver lo que perdía la obra a nivel literario, de si era necesario omitir algún que otro detalle de algún cuento por la dificultad para sostener lo que nos pasa a los mayores. Para mí, esa es la diferencia importante:

no es que los cuentos contengan algo inadecuado, es que a los adultos nos cuesta sostener algunas escenas, porque nos cuesta sostener el sufrimiento o el dolor infantil, y pensamos que esos pasajes van a impactar en nuestros pequeños de manera dolorosa.

Sin embargo, os animo a confiar en la verdad emocional de los cuentos tradicionales como lo hacen nuestros niños. En estos relatos encontramos lo que encontramos en nosotros: celos, sed de venganza, rivalidad, maldad y por supuesto, otros aspectos que muchos llamarían “positivos”, y que cuestan menos de mostrar en sociedad. Por eso, precisamente son adorados por los niños, porque les hablan de una verdad interna que en ocasiones no encuentran en otro tipo de literatura, ni de símbolo. El mejor antídoto para todo aquello que es difícil de sentir es sacarlo a la luz y sentir que podemos trascenderlo y que tenemos poder sobre ello. O en otras palabras: sentirnos capaces de matar al malo.

Y, si después de saber todo lo que hacen los bellacos y las pérfidas brujas por nosotros, no nos sentimos cómodos con estos personajes detestables, sería muy interesante explorar qué tiene que ver ese personaje conmigo. Por ejemplo: si no soporto a Cenicienta, valdría la pena indagar qué parte de mí (reprimida o proyectada) resuena con ese personaje. Y si aún así continua resultando incómodo, se puede cambiar de cuento sin problema.

Al fin y al cabo, se trata de compartir un relato por placer; un cuento jamás debería convertirse en una lectura de autoayuda. Que nos ayuden a conocernos no significa que deban ser usados como material didáctico, sino como pequeños espejos de nuestra condición humana.

Hace un tiempo escribí un artículo sobre los malos de los cuentos. En él decía que el verdadero peligro no está en el malo, sino en creer que el malo no forma parte de lo que somos. A muchas de las mujeres con las que trabajo como terapeuta les hubiese venido muy bien que alguien les diera permiso para portarse mal. Serían una versión mucho más completa de lo que son. Así que bravo por las brujas, las madrastras y las princesas pusilánimes, que nos ponen en contacto con nuestra agresividad, nuestra necesidad de poner límites y nuestra vulnerabilidad. Sin ellas no podríamos ser las heroínas que llegan al final del cuento de manera triunfal.

Os deseo una historia donde seáis las verdaderas protagonistas, en la forma necesaria a cada paso, donde las dificultades de los bosques os hagan aprender y fortalecer todo aquello que os oriente al bienestar. Ojalá el viaje sea largo y lleno de aventuras (como decía Kavafis), y ojalá, cuando lleguéis al final del cuento, encontréis un amor, un tesoro o una versión más completa y auténtica de lo que ya sois.

Y colorín colorado, este módulo está cerrado.

Eva Martínez Pardo
Febrero 2019

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies