Adolescentes por la mañana, bebés por la tarde. Un día completo en que vuelvo a percibir la fuerza de la palabra en la construcción de nuestra identidad.

En el taller del instituto estuvimos cosechando palabras claras y oscuras: las que nos gusta que nos representen y estamos dispuestos a poner bajo la mirada de los otros, y las secretas, que nos avergüenzan y no pronunciamos. Esas nadie las leyó en voz alta. Las vestimos de símbolos, esas otras palabras que cobijan lo propio y lo ajeno con su fortaleza de años o siglos.

Adolescentes que eligen lobo, búho o mariposa, que prefieren negro, lluvia, pradera. Por qué no. Luego cuentan las sílabas, para que aprendan a cantar:

INCONTROLABLE,
SALVAJE LA TORMENTA.
COMO UN LEÓN.

No importa que sean grandes composiciones, solo que reflejen los viajes, las preguntas; que dejen espacio a construcciones sin descanso, en libertad. Aunque la crítica acecha incluso en sus propios ojos ante el espejo.

Para los bebés ha resultado mucho más fácil: sus balbuceos tienen un público entregado de antemano. La biblioteca se ha llenado de familias atentas que repiten con paciencia los sonidos, juegan con ellos, los celebran. No siempre es así, pero hoy salen satisfechos, grandes y pequeños.

Las participaciones de esta semana han tenido ese tono de los bebés. Pocos reniegos han cosechado las escaleras de nuestra infancia o la de nuestros peques.

Amamos también lecturas que sabemos de menor calidad, con ilustraciones pobres y estereotipadas o valores dudosos. El afecto que las tiñe es más poderoso que la corrección. La crítica es necesaria para el especialista y nos permite acceder a joyas asombrosas que de otro modo serían sofocadas por la publicidad, la economía y el exceso. Pero ya se ocupará el tiempo de seleccionar lo que merece permanecer: la voz que nos acoge y nos hace únicos puede transformar la rima más triste y predecible, el cuento más didáctico y directivo en una alfombra mágica digna de Las mil y una noches.

Febrero siempre fue para mí el mes de los cumpleaños. Mi abuela y varios de sus nietos los celebraban en la misma semana, igual que muchas de mis amistades posteriores. En medio de esa agradable sensación, el “Día de los enamorados” se me antojaba la fecha más falsa del calendario. Los mensajes acaramelados y los descarados anuncios me ponían enferma.

Un año más, me asaltan desde los escaparates: “Belleza sin límites, para un amor sin límites”. Se me ocurren pocas cosas más limitadas que esa belleza y ese amor imposibles, inalcanzables. Solo pueden tener un rostro, solo una historia, y nunca serán los nuestros. Nunca serán de nadie. Son profundamente inhumanos.

Durante la conversación surgida en torno a la “nana de Lorca” puntualicé que se trataba más bien de un texto cosechado, una de esas maravillosas reelaboraciones que Federico hacía del folklore. Él mismo lo relata en una conocida conferencia que dio sobre el tema, cuya transcripción tengo en uno de los volúmenes más bellos de mi biblioteca: el Libro de nanas editado por Media Vaca con ilustraciones de Noemí Villamuza.

Aunque bien documentado, su discurso no es infalible ni lo pretende. Opina sobre su objeto e incluso lo fuerza para seguir un cauce propio y claramente romántico. “No pretendo definir –nos dice el poeta- sino subrayar; no quiero dibujar, sino sugerir (…) y regalar unos cuantos espejos de bolsillo a las señoras que asisten”. García Lorca se apropia de las nanas que ha escuchado cantar por la geografía española con la misma tirana pasión con que los hermanos Grimm recopilaron los cuentos de las nodrizas: para que el futuro las recordara con su ilustre nombre de caballeros.

Nuestra Voz –esa fórmula exponencial que transforma la palabra por la intención y el ritmo, por el símbolo y la secuencia- es nuestra identidad. Las familias envuelven con ella al recién nacido, lo cubren de significado. Le otorgan protección y sueños, pero también normas y herencias. Es un acto de amor donde no solo hay belleza, aunque haya mucha; ni hay solo libertad, aunque esa Voz sea imprescindible para no ser esclavos.

La tarea es vital, en el sentido más amplio del término, y quiero agradecer las intervenciones de todas y cada una de las personas que están compartiendo sus recuerdos en este curso. Pero también quiero subrayar desde mi experiencia, como hace el poeta, y convocar mis raíces:

Madres y abuelas que con tanta fuerza preserváis la Voz Literaria: no temáis el momento de defenderla en vuestro propio nombre.

Beatriz Sanjuán
Febrero del 2019

PD: A la voz de Ana Pelegrín, que tanto os he recomendado estos días, y a las palabras certeras de Liliana Bodoc que Pato Pereyra nos ha brindado sin descanso, quiero sumar una cita y un nuevo enlace que iluminan de forma bellísima nuestro camino:

«En la historia individual, la imagen que tenemos de nosotros mismos —eso que llamamos un poco pomposamente identidad— se ha ido construyendo a lo largo de los años y siempre a través de los otros. No ha sido en situación de monólogo, sino en diálogo con el otro —y con ‘lo otro’— como hemos llegado a armarnos nuestro propio cuento«.

Graciela Montes. El bosque y el lobo.
https://www.oei.es/historico/fomentolectura/lengua_emigro_boca_montes.pdf

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