Amanece en lunes, de esos bien pesados, me sirvo un café más negro de lo habitual y enciendo el computador. El primer encuentro con el MOOC son varias notificaciones en mis redes sociales: Facebook y Twitter. Eso se traduce en una participación constante y hasta inquietante. A cada comentario una respuesta, un like, una observación. La red de debate se tejió de forma orgánica entre algunos de los participantes, a los que se fueron sumando más y más personas. Incluso a aquellos que son más reservados a la hora de compartir sus reflexiones. Esta agitación, supongo, es un buen síntoma. A pesar de ser lunes, nuestros cerebros aparcan algunas ideas alrededor de la literatura y los jóvenes.

Fíjense que no hablo de libros para jóvenes o lo clasifico como literatura juvenil, divido ambos conceptos porque me parece imperativo entenderlo. Y no, por eso, censurarlo.

¿A qué me refiero? Una de las propuestas de este primer módulo de Lectores Mutantes es que reflexionemos sobre los lectores adolescentes del siglo XXI. Si lo pensamos en frío, esa mirada es un poco simplista. Tratar de definir a un lector como si fueran masas es caer en la misma categoría editorial con la que el género “juvenil” publica para ellos. Por eso, la primera actividad estaba dispuesta para pensarnos como lectores, esta vez sin adjetivos. Porque esa propuesta de la autora de María Teresa Andruetto de hablar de una literatura sin adjetivos también debemos adherirla a nuestra imagen del lector.

Todos, desde nuestra posición lectora, y mayoritariamente nostálgica, nos colocamos en el rol de la recomendación. Usamos primero el hashtag #EsteLibroSí donde fuimos almacenando una serie de propuestas para leer.

En la mayoría de los casos, pensábamos en los jóvenes, pero lo hicimos con la distancia del que ve una muestra de especímenes desconocidos en un laboratorio.

Es decir, o nos abrazábamos a grandes libros más vinculados a la infancia como es el caso de los títulos de Roald Dahl o El Principito; o nos escudábamos en nuestra propia nostalgia: María Gripe, Christine Nöstlinger, los clásicos (que pensando también en este corpus: ¿a qué llamamos clásico actualmente?, ¿María Gripe o Roald Dahl no serían autores clásicos?… pero esta es reflexión para otro post).

Ahora supongamos que, así como ustedes ven a los jóvenes, yo los veo a ustedes, como especímenes mutantes a los que analizar: ¿cuánto riesgo existe en recomendar solo libros que nos parece buenos a nosotros?, ¿somos una especie que explora el hábitat del otro o somos salvajes incapaces de lidiar con otras especies? Es bueno entendernos como unos lectores, independientes del adjetivo, para saber hasta dónde podemos negociar o proponer a la hora de leer juntos. Nosotros o señalamos y cuestionamos las lecturas de los jóvenes, o pasamos más tiempo tratando de descifrar lo que les ocurre, en vez de sentarnos a entenderlos.

La lectura es democrática, es un derecho, no un deber. Hay lectores que no querrán leer, que buscan leer formatos distintos o que simplemente tenga gustos bastantes diferentes a lo que nosotros podemos escalar como bueno o malo. No hay magia, ni misterios, ni libros que lo resuelven todo.

Ahora tenemos una gran, enorme lista de libros que sí en nuestro muro. Eso no está mal, tenemos una pequeña biblioteca de libros por conocer. Ahora, ¿qué pasa con los libros que no?: esos libros comerciales, fórmulas que enganchan, bestsellers, o esos placeres culposos que les pedí en el segundo ejercicio #Cu4troRecomendaciones. O esos que censuramos consciente o inconscientemente, como se expresó en el comentario de Marte Guerra que decía: “todo menos la Biblia”. ¿Qué pasa con el formato del libro que es tan propenso a la censura? E incluso, doy un pasito más: ¿no es mejor dar a conocer las razones culturales o históricas de ese rechazo? Ya el lector al que le recomiendas, lo leerá (o no) y tomará sus propias decisiones y, esperamos, defenderá su punto de vista.

Si queremos que nuestros jóvenes lectores (y no lectores jóvenes) sean cuestionadores y críticos, debemos dejarlos a la curiosidad y a la libertad. Así como nos gusta ser libres a nosotros.

Eso sí, como dijo Marta Avellaneda en algún comentario: “todo en su justa medida”. En esa libertad radica otra palabra importante: la variedad. En una época donde hay tanto acceso a la información, a imágenes y contenidos, debemos ser un abanico de posibilidades distintas de lo que ofrece el mercado o lo que está de “tendencia”. Compartir nuestras nostalgias, esos libros que consideramos poderosos y que de otra forma ellos no van a poder llegar, es también parte del trabajo. Pero hacerlo desde el respeto y no desde la autoridad. Porque ese libro, quizás Rebelión en la granja, te dijo algo distinto cuando lo leíste a lo que le dice a ese otro lector. Pero hay más, quizás ese mismo libro le dice algo a tu yo actual, que no te dijo en tu primera lectura. En ese sentido no es que seamos lectores mutantes, es que nuestras lecturas mutan. De niño, de joven y de adulto, da igual. Vamos acumulando referentes y puntos de vista.

Consejo (quizás no para todos): Sí, debemos actualizarnos con las lecturas. Y no me refiero a ver todas las series, pero sí dejar que ellos nos presten libros, ver alguna película, oír sus canciones y comprenderlas, pero también entenderlos a ellos en esas narrativas. Los clásicos son un caballito de batalla, quizás también la lectura obligatoria escolar nos puede permitir no perder ese corpus, no lo tengo claro, pero como propone Gabriel Zaid en su libro Leer publicado por Océano Travesía:

el libro no es realmente un medio masivo, aunque puede serlo, sin especial ventaja social. Hay ventaja social en que todos compartamos un mínimo de lecturas comunes, especialmente la lectura de los clásicos, en beneficio de la conversación. Porque es bueno compartir el alfabeto, las pesas y medidas, el vocabulario y un mínimo de referencias históricas y literarias, para entendernos. Porque sin compartir algunas lecturas, canciones, refranes, noticias, películas, la conversación es imposible. La uniformidad nos aburre y empobrece, pero la diferenciación absoluta nos aísla. La diversidad enriquecedora se construye a partir de una base común. Esa diversidad va muy bien con los libros, y es su ventaja frente a los medios masivos (Zaid, 2012: 146).

Pero pensemos también en cómo leen los jóvenes en la actualidad. Ellos tienen derecho a construir su propia nostalgia. Para que la literatura nos habite, debemos respetar al otro como lector. Menospreciar una lectura o hacer sentir culpa o miedo por el placer que hayas sentido por un libro, es un acto de tiranía. Al trabajar con libros no somos una pirámide, en cuya cúspide estamos sentados con la verdad, sino que debemos ser una fila de iguales en donde podamos narrar la historia unos a otros, viéndonos a los ojos.

Por último, lo que sí considero vital es que hay que retarnos: a nosotros como lectores y entender estos discursos actuales, sus formatos, construcciones; y retarlos a ellos, que hagan lo mismo, que se permitan jugar con el lenguaje, que no se distraigan solo con las formas narrativas sino que elaboren, que desentrañen, que no se dejen engañar por construcciones fáciles, que puedan desarrollar un pensamiento crítico sólido y personal.

Siempre esperamos respuestas sobre cómo trabajar con jóvenes. Creo que no las hay. De lo que sí estoy seguro es que durante el MOOC, ustedes seguirán debatiendo, contrastando y reflexionando sobre muchas de las ideas que tenemos acerca de la literatura y los jóvenes, así, en conceptos separados como los nombro al inicio. Sigan así de inquietos como al inicio, y verán los resultados al final.

Trabajar con adolescentes es igual que hacerlos con otras personas, solo hay que quitarles la etiqueta de especímenes y mutantes, sacarlos del tubo de ensayo, y que caminen libre por el mismo hábitat en el que nos encontramos nosotros, entender su tránsito y desvelar también el nuestro. Y al tropezar con un libro u otros formatos, no tener que decirles #EsteLibroSí pero tampoco #EsteLibroNo, darle un espacio a un #EsteLibroTalVez y esperar a que ocurra el sonido de la sorpresa.

Freddy Gonçalves Da Silva
Mayo del 2019

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