Cuenta la historia que cuando Baal Shem debía resolver una tarea difícil, iba a un lugar en el bosque, encendía el fuego, pronunciaba las oraciones y aquello que quería se realizaba. Cuando, una generación después, el Maguid de Mezritch se enfrentó al mismo problema, se dirigió al mismo punto en el bosque y dijo: “No sabemos encender el fuego, pero podemos pronunciar las oraciones”, y todo sucedió según sus deseos. Una generación después, Rabi Moshe Leib de Sasov se encontró ante la misma situación, fue al bosque y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no sabemos pronunciar las oraciones, pero conocemos el lugar en el bosque y eso debe ser suficiente”. Y, en efecto, fue suficiente. Transcurrió otra generación y, nuevamente, se enfrentó a la misma tarea, pero Rabi Israel de Rischin, no se movió, permaneció en su castillo sentado al trono, dijo: “No sabemos encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque; pero, de todos modos, podemos contar la historia”. Y una vez más con eso fue suficiente.

Este cuento lo recoge el filósofo italiano, Giorgo Agamben, en el ensayo El relato y el fuego, como una alegoría de la literatura.

Porque somos esa especie capaz de reunir en libros nuestra conversación, nuestro saber, pensamiento, emociones, nuestra relación con el paisaje y el misterio desde tiempos inmemoriales, y, sin embargo, con cada generación que pasa, olvidamos el lugar de la lengua, de la oralidad como forma de mantener encendido el fuego, que, para efectos de la literatura, vendrían siendo nuestras búsquedas, nuestros propios misterios, los caminos que emprendemos para conocer quiénes somos y de qué materia estamos hechos. Y nos vamos acomodando.

Las intervenciones de la semana que acaba de pasar, los comentarios en el grupo de Face, Twitter y sus trabajos con “pie forzado”, me hicieron recordar esta anécdota. Una semana que comenzó silenciosa, los imaginé sumergidos en lecturas y tareas; después se fue acelerando al ritmo de las preguntas que surgieron, dudas sobre el qué hacer que nos convoca. Muchos mencionaron la sorpresa que tuvieron al escuchar a Michèle Petit. Petit recordándonos que la oralidad es fundamental si hablamos de lenguaje, que no debiéramos alejarnos de ella, precisamente, porque gracias a la palabra, y más precisamente, gracias a la lengua, nos construimos y somos capaces de narrarnos.

Desconozco por qué en las aulas, en algún momento, desaparece la oralidad como forma de expresión y dejamos de cantar, bailar, declamar y leer en voz alta con nuestros chicos, chicas y adolescentes y jóvenes y, con ello, perdemos la conexión con nuestra tradición, nuestra raza, que se devela gracias a las expresiones artísticas.

La lengua es un vehículo hacia nuestra forma primigenia de relacionarnos, la lectura en voz alta, los cuentos, los poemas, aforismos, desarrollan ese vínculo y nos conducen a un intercambio, una convivencia de pensamientos, emociones, experienciasEs el vínculo de nuestra raza. Herramienta poderosa.

También me gustaría destacar la conversación generada en torno a la mediación y selección de obras para chicas y chicos, esa edad en que permanecen aun escolarizados y es posible mediar (aun) sus lecturas. Muchos se preguntaron cuán válido era imponer una selección considerando criterios estéticos personales y me parece que la mediación tiene como punto de partida la estética personal. Somos lectores, somos selectivos, incluso mañosos, y arrugamos la nariz cuando una obra nos desilusiona, cuando nos parece que la voz narrativa no da el tono, en fin. Lo que debemos procurar no es esconder nuestros gustos, nada que seduzca más a los jóvenes que las pasiones de otros, se trata más bien de estar atentos a sus demandas, darnos tiempo para sintonizar nuestras obsesiones, nuestras búsquedas, con sus búsquedas, sus tropiezos, sus preguntas (muchas) en ese largo período de ensayo y error en el que viven.

Probar con ellos no significa apartarnos de nuestra estética, sino más bien, hacer un movimiento que tienda a reunir conversaciones, incluso, a hacerlas chocar, los debates son tremendamente ricos, sobre todo con adolescentes y jóvenes. El movimiento contrario, atender solo a lo que les interesa, sin mostrarles nuestra apreciación estética y, con ello, otras posibilidades de pensamiento y conversaciones, es igualmente nefasto.

La gracia está en un precario equilibrio entre las lecturas que les ofrecemos y las que consideramos a partir de sus inquietudes, sus procesos, sus propias lecturas incluso. Porque ellos leen, y mucho.

Quisiera agradecerles el trabajo de esta semana, disfruté mucho con sus cuentos, cada uno de los ejercicios con pie forzado daría para conversar largo rato. Algunos cuentos me llevaron directo a mi juventud, a mi cuarto, a las cortinas de velo que tanto odiaba de mi casa; otros me condujeron al universo, a las preguntas fundamentales y ¡a las hormigas!, desde los trece que soy una asesina en serie de hormigas (una plaga con la que convivo a diario), en fin, gracias por sus preguntas y comentarios. Espero que la vida nos reúna, ¡un abrazo desde este rincón del mundo!

Sara Bertrand
Mayo del 2019

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