En los inviernos de mi infancia, las tardes de sábado terminaban siempre de la misma manera: en la cocina con mi abuela, las dos frente a frente con un cuenco grande en el regazo. Sobre la mesa de mármol, un mar de legumbres blancas que había que escoger para el potaje del día siguiente, para la fabada frente a la que se reunía la familia al completo cada domingo. Así, la noche anterior desechábamos cuidadosamente las fabas que estaban manchadas por el hongo, las arrugadas, las demasiado pequeñas que irían a parar a otros guisos.

En mi recuerdo flotan las palabras de los cuentos, la complicidad, las risas compartidas, el rumor de nuestros dedos arrastrando sobre la mesa, separando lo bueno de lo no tan bueno, lo útil de lo desechable. Una tarea sencilla, cotidiana, con unas reglas previamente establecidas, transmitidas de generación en generación.

De la misma manera, históricamente existe un canon literario con el que hemos crecido y nos hemos formado profesionalmente. Como mediadores, manejamos unos parámetros que hemos interiorizado y que nos permiten escoger aquellos libros que formarán parte de nuestra biblioteca, aquellos que recomendaremos a los jóvenes con los que trabajamos o nos relacionamos. Desechamos otras lecturas porque no tienen la calidad que demandamos o las consideramos producto de una moda o una fórmula comercial. Para ello contamos además no solo con nuestro criterio personal como lectores, sino también con el criterio profesional de otros mediadores que escriben reseñas críticas y nos facilitan la labor de elaborar una selección de lecturas a partir de las cuales desarrollaremos nuestra labor de mediación. Y sin embargo luego está la realidad, que siempre nos contradice.

La sensación de control desaparece cuando nos enfrentamos a contextos difíciles donde no siempre encajan las fórmulas aprendidas, cuando nos encontramos con los lectores reales con los que intentamos conectar cada día. Cuando intentamos abarcar la variada (y casi siempre excesiva) producción editorial, a la diversidad de obras y formatos que conviven en la actualidad. Aquellos conocimientos adquiridos, los que nos transmitieron los bibliotecarios y docentes que nos precedieron, nos resultan insuficientes.

Necesitamos formación continua, compartir experiencias con otros mediadores, mejorar nuestra capacidad de adaptación y seguir reflexionando sobre nuestras acciones para seguir siendo referentes para los lectores, pues la efectividad de nuestra labor de mediación depende de ello. 

Nuestros contextos de mediación son muy diversos: bibliotecas, centros educativos, en la ciudad o en comunidades rurales, con más o menos fondos bibliográficos y presupuestarios. Cada uno de ellos requiere de estrategias que nos permitan adaptarnos y sacar el máximo partido a los recursos con los que contamos. Pero todos ellos tienen algo en común: esos lectores mutantes a los que intentamos acercar a la lectura o educar literariamente.

Ellos, los jóvenes, son una fuente de conocimiento que no podemos desechar.  Han explorado distintas obras por elección u obligación, construyendo su camino lector en base a decisiones que han tenido que tomar, optando por unas lecturas y descartando otras. Están en proceso de construir sus criterios, igual que nosotros seguimos en el camino de matizar los nuestros. Se enfrentan a experiencias literarias múltiples y utilizan vías de comunicación diversas para hablar de ellas. No dejan de sorprendernos cuando nos atrevemos a romper la verticalidad de nuestra relación y les pedimos que nos recomienden: sus lecturas son más amplias, más audaces, más complejas de lo que hubiéramos creído. Destruyen nuestros prejuicios uno a uno y nos convierten en mejores mediadores, en mejores lectores. Nos obligan a dejar atrás la nostalgia y enfrentarnos a nuevos retos. A ampliar nuestras miras.

Precisamente por eso no pueden ser únicamente los destinatarios de nuestra receta de mediación. Los jóvenes lectores tienen que sentarse a la mesa para formar parte del rito comunitario de la lectura compartida, pero es necesario también contar con ellos en el ritual de escoger los ingredientes, valorando la calidad, la pertinencia, el contexto, el momento, el formato, el modo en que vamos a leer. Tienen que ser sujetos de esta experiencia y no solo objetos de la mediación. Cocineros de sábado y no solo comensales de domingo.

Es fundamental que contemos con ellos en cada parte del proceso porque tienen la pasión, el impulso y el conocimiento para colocarnos en el camino necesario: el de convertirnos, nosotros también, en lectores y mediadores mutantes.

Lara Meana
Junio del 2019

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