Dar un balance asertivo de la primera semana del MOOC no deja de ser un trabajo inquietante. Pienso en tantas ideas sueltas, que dan como para escribir un tratado. Es difícil en cuatro páginas atender a todas las inquietudes, desglosar toda la discusión. Mucho más cuando los participantes demuestran un interés real en el trabajo con jóvenes, un compromiso por acercarse a sus discursos. Solo basta con leer sus recomendaciones, la mayoría arriesgadas y sin prejuicios, para saber que estamos entonando la misma nota. Gracias infinitas por el reto intelectual de estos días y por darse el permiso a ser libres lectores y contarse tal cual son, como en una conversación entre iguales; esa que tanto propongo con ellos, los adolescentes.

Quiero comenzar con una anécdota histórica. En 1880, en Inglaterra se aprobó la ley de escolarización obligatoria para los niños hasta los once años. Esto causó un gran malestar general en la sociedad. Serían ahora los adolescentes los únicos en ser el sustento de las familias. Eran asalariados desde los doce años, en oficios menores que también les dieron cierta libertad económica. Entonces, por un lado, tenías adolescentes con algo de dinero y niños alfabetizados sin importar a qué clase social pertenecían. Mucho de ese dinero extra lo invertían en cómics o revistas. Uno de los sucesos representativos dentro de la historia de la lectura adolescente fueron los penny dreadfuls, historias picarescas, o de asesinos, ladrones, indios americanos, personajes del terror. Estas se vendían en fascículos por el valor de un penique y consolidó rápidamente a un grupo de lectores fanáticos a esas historias simples, morbosas y sensacionalistas apartadas de la obligatoriedad escolar.

Es decir, una saga Crepúsculo de toda la vida. Solo que actualmente hay comunidades de lectores más amplias a partir de las redes sociales, una edulcorada forma de contar esas historias y un marketing más poderoso, alcanzable y manipulable.

Mucho del debate generado esta semana partió de dos conceptos alrededor de la lectura: libertad y obligatoriedad. Eran tratados como si fueran antónimos. Como ven en la anécdota que les compartí, tampoco es un tema nuevo dentro de la historia. Nos posicionamos como educadores, bibliotecarios, mediadores. Es cierto, nosotros cumplimos una función social y formativa en la vida de esos jóvenes, cada vez más dispersos, con más distracciones e incapaces de ver al libro como a un aliado. Reconocemos un miedo constante de no estar haciendo bien nuestro trabajo, de estar perdiendo la batalla contra esas otras formas de lectura; de que el cambio generacional entre nosotros y ellos llegue a ser tan abismal, que no existan formas de comunicarnos en el futuro.

Es más, voy a tomar una de las obras más recomendadas en el MOOC: El Principito. Hagamos el ejercicio de imaginar que pasaría si el zorro en la actualidad, con toda esa elocuencia de su voz, contara su consejo al pequeño niño y este lo llevara a cabo:

Parece un simple chiste, pero es una realidad cotidiana. Ejecutamos, hoy por hoy, la economía del lenguaje, y sigue siendo fuente de malos entendidos. Ahora bien, me pregunto: ¿estamos nosotros a la labor de entender qué códigos se manejan ahora en la comunicación entre los adolescentes? Ir un poco más allá: ¿Qué leen?, ¿cómo leen? Comprender esta forma polifónica que muchas veces tienen de acercase a una lectura, mezclando formatos, haciendo hipervínculos con otras manifestaciones de la vida. A partir de esta comprensión de sus formas de lecturas, ¿queremos guiar sus posibilidades lectoras o queremos domesticarlos?, porque como dice el Zorro: “Solo se conoce lo que uno domestica”. ¿Queremos “domesticar” a los adolescentes?

Fíjense en mi uso constante de las interrogantes. Como les comenté en el MOOC, no quiero que ningún libro me de las respuestas de la vida. Espero que sea la vida quien me las de, apoyado en la lectura de sus formas. Quiero que sea así con los jóvenes que leen. Efectúo la mayéutica con ellos, práctica socrática en donde las preguntas llevan a un descubrimiento de las verdades. Propongo hacerlo desde la labor titánica de conocer a cada uno, sus capacidades, gustos, encuentros y frustraciones con lo literario. El mundo en su hacer es una serie de preguntas que se van acumulando, sin angustias, para ir retándolos y retándonos a esa construcción de nuestras propias verdades. Porque sus preguntas pueden ser las nuestras. Es la mejor manera de tejer comunidades, acogiendo al otro: juntos, ganando su confianza en nosotros y esas migas de pan, en forma de pregunta, que les vamos dejando en el camino.

Entonces, ¿por qué no elevar la propuesta de lo obligatorio y los clásicos?, ¿por qué no pensamos en cómo hacerles entender lo que es la libertad? Darles el derecho a cuestionarnos, hacerles entender que la libertad no es tema de anarquías, sino que por el contrario es un derecho compartido, respeto implícito. Si la conversación entre iguales parte de entenderlos a ellos, y ellos a nosotros. Una recomendación así no es lo mismo que una imposición, porque en esa obligatoriedad no hay alianzas, no hay sentido de comunidad; por el contrario, en cada generación se dan muchos pennys dreadfuls que nosotros, los adultos, solemos desconocer, porque “lo esencial es invisible a los ojos”.

Ahora bien, según algunas cifras del mercado del libro, en los últimos años existen países que han visto el crecimiento en lectores jóvenes. Los jóvenes leen más, se dice en la prensa con emoción. Son mediciones, claro está, hechas a partir de la compra de un producto. Y efectivamente, si nos ponemos coherentes, el joven lee más pues está rodeado de más estímulos, redes sociales, lo que no quiere decir que lean libros.

¿Y cómo entendemos a este mundo? Suena a una utopía. Pues se le pide a un mediador, profesor o bibliotecario que debe conocer a un mercado cada vez más inabarcable de discursos adolescentes, en un trabajo que parece una vocación, sin las condiciones laborales que correspondan al tamaño de la labor. Es decir, acceder al mercado comercial, a las editoriales independientes y a los planes lectores para poder seleccionar, de ellos, propuestas novedosas, de calidad, que hagan quebrar de vez en cuando ese algoritmo en el que se pierden los adolescentes, atizados por las grandes editoriales, cadenas de librerías, plataformas como Amazon y que algunos booktubers han construido como discurso homogéneo. Entendiendo, como si fuera poco, que muchos de esos algoritmos también han construido sólidas comunidades de lectores independientes que defiendo como dinámica entre los adolescentes.

Es una tarea agotadora.

Ahora bien: ¿qué pasa con los jóvenes que no tienen acceso a la lectura? Aquellos que viven en comunidades donde no existen las bibliotecas, o donde si existen, hay apenas una selección de libros muy azarosa. ¿Es menos lector quien se aficiona las novelas de Corín Tellado, las historietas de Condorito o a un almanaque mundial porque no tiene otra cosa a la que acercarse o no sabe cómo hacerlo?, ¿es inferior aquel quien encuentra en las letras de Bad Bunny un confort emocional?, ¿Qué hace superior a un lector cuando lee libros que consideramos indispensables?

La gran pregunta es: ¿a cuál lector estamos aspirando?, ¿a cuál apostamos?

A finales del año pasado tuve una conversación con una bibliotecaria amiga acerca de cómo sentía que iba perdiendo la batalla con los jóvenes de esta generación, pues ellos no son capaces de enfrentarse a textos complejos y renuncian a la primera página. Como experimento, propusimos dentro del club la lectura de La Carretera de Cormac McCarthy, una novela más bien reflexiva. En ella, un padre y su hijo caminan a través de una carretera en medio de un mundo apocalíptico, tratando de sobrevivir. Quienes la acabaron, sentían un profundo desasosiego sobre por qué nunca el narrador explicaba las razones de ese apocalipsis en el que viven los personajes. Efectivamente, los que resistieron, lo hicieron alimentados por la anécdota más que por la propuesta narrativa del libro.

Mi frustración no radicaba en darle la razón a mi amiga, sino en que ellos no fueran capaces de profundizar en la lectura. En que renunciaran en vez escarbar. No desistí, les quité los móviles, las chaquetas, abrí las ventanas que era invierno, apagué las luces, les pedí que cerraran los ojos y escucharan ruidos de bosque nocturno que puse en mi teléfono. Los puse a vagar por el lugar, sin saber a dónde ir, unos minutos. Les dio frío, miedo, se agruparon entre ellos, y al abrir los ojos les pregunté: si este fuera su día a día, ¿les importarían esas respuestas o más bien buscarían sobrevivir?

Uno de ellos, consternado, preguntó lo inesperado: ¿por qué el protagonista no mató a su hijo en vez de obligarlo a vivir de esa manera? A partir de ese momento estalló una poderosa conversación acerca de la sobrevivencia, el ser humano, la fe y el amor.

Porque este oficio, queridos amigos, es también un ejercicio de fe. Obviamente que toca mostrarles otras alternativas, retarlos, descolocarlos, sacarlos de su zona de confort y dejar que ellos lo hagan también con uno. Por eso hago trampa usando a El Principito como ejemplo dentro de este contexto, lo hago porque lo considero un texto ambiguo y lleno de satisfacciones simples para el lector. No me disgusta ni juzgo a quien defienda en libro. No me lo tomen a mal, solo que no lo considero tan indispensable ni transformador, aún a sabiendas que para algunos lo sea.

Llevarle la contraria a la recomendación de la mayoría es mi derecho a iniciar un debate mental, a invitarlos a hacerse una serie de preguntas necesarias alrededor de ese libro, y es en esa duda donde realmente me encuentro con los jóvenes; que ellos me digan odio este libro, de la misma manera que lo amo, pero con argumentos. Mi problema no es si leen o no leen, porque he estado en clubes de lectura con chicos que no leen, pero siguen asistiendo; porque se abren más temas para debatir, dudar, combatir. La lectura es un derecho, siempre lo digo, no un deber ni una obligación.

No quiero a jóvenes domesticados, sino a jóvenes pensantes; que sean capaces de defender y convencerme de la importancia de jugar un videojuego, ver una película, pensar en una convicción política, hacer un reto viral de tik tok o leer libro de wattpad de la misma manera que la academia defiende la importancia de leer a Don Quijote.

Quiero que ellos me den las piezas claves para entenderlos, porque una sociedad no se fundamenta en la premisa de “si quieres ser mi amigo, domestícame” Parte más bien de un gesto simple, como el del poema de Laura Casielles:

“lo aprendimos cuando nos perseguían:

de la mano

correr

no parece una huida.”

Efectivamente al final del El Principito es muy bello y conmovedor descubrir el secreto del zorro: “solo se ve bien con el corazón”. Sí, cuando lo leí, alguna vez en el pasado, quizás también suspiré e hice filosofía sobre la frase. Así es la adolescencia. Hoy por hoy, les invito a dejar de ser un poco románticos con la lectura, con ese poder transformador mágico de las palabras y el corazón, porque también el cerebro, las hormonas y los jugos gástricos nos ayudan a ver bien otras tantas cosas.

Freddy Gonçalves Da Silva
Febrero del 2020

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