Qué bonita e intensa semana alrededor de cuentos de siempre. Disfruté mucho con vuestras aportaciones y con las reflexiones compartidas en las redes durante estos días. He visto personas que han encontrado tesoros increíbles gracias a bucear en las profundidades de sus aprendizajes, y estoy segura de que van a transformar su relación con niños y niñas a través de la literatura gracias a ello. Ha sido conmovedor leer testimonios de honestidad y humanidad tan generosos.

Por supuesto, la literatura nos confronta (o debería hacerlo). Nos habla de la herida, y también del consuelo. Ese es el sentido de los cuentos tradicionales: simbolizar lo que somos, y lo que podemos llegar a ser; dibujarnos los caminos que vivimos en nuestras vidas y en nuestras relaciones, y  acompañarnos a encontrarnos en ellos, a reconocernos en lo arquetípico de sus personajes.

Los cuentos no nacieron para “solucionar” emociones, porque las emociones no son algo a solucionar, sino a acompañar, contener y comprender. Y sobre todo, a vivir.

Este tipo de relatos son el escenario perfecto para dar espacio a todo aquello que sentimos, y que en ocasiones no podemos expresar (ni sentir) con facilidad. Hay algo de todos esos personajes detestables que también nos pertenece como humanos. Solo hace falta echarle un vistazo al mundo para corroborar que, en ocasiones, vivimos gobernados por impulsos dañinos y neuróticos. Y también para observar cómo ponemos en juego lo mejor de ser humano otras veces.

Creo que el verdadero peligro no está en la pérfida bruja, ni en el lobo feroz, ni en los ogros devora-niños: el verdadero peligro está en creer que no forman parte de lo que somos.

Si estamos educando, me parece imprescindible que tengamos en cuenta el hecho de que muchas veces los aprendizajes emocionales deberían estar dirigidos a los adultos, más que a los niños. Una persona que se conozca y se respete puede acompañar a los niños a conocerse y respetarse desde un lugar de autenticidad. ¿Cómo vamos a poder mirar las heridas de los más pequeños si no hemos podido mirar las propias? ¿Cómo vamos a ayudar a un niño a vencer las dificultades si siempre vamos por delante para facilitarle el camino? ¿En qué clase de personaje se va a poder convertir dentro de su propia historia?  Por esta razón, y aunque los cuentos tradicionales enamoran a los más pequeños, creo que nos hacen más falta a los mayores.

Dice Martín Garzo que los cuentos no sirven para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos.

Para terminar, dejadme una vez más enarbolar la bandera de la buena literatura oral, y en especial de los cuentos tradicionales en beneficio de la educación de nuestros niños. Tienen derecho a estar en contacto con los símbolos que nos acompañan desde hace generaciones;  tienen derecho a proyectar sus miedos y temores en escenarios de fantasía donde el malo va a acabar vencido;  tienen derecho a convertirse en seres vulnerables que necesitan ser salvados. No podemos dejarles sin todo ello, en favor de una educación luminosa y azucarada que pretende convertirnos en seres inmaculados. Muy sabiamente, los niños protestan cuando los adultos les cuentan historias para que se porten bien.  Ojalá confiéis en la experiencia milenaria de estas historias para acompañarnos en nuestras vidas. Ojalá confiéis en la capacidad de los niños y niñas para emprender sus caminos, a pesar de las dificultades que puedan encontrarse. Ojalá (si sois mamíferos o mamíferas) que el lobo que lleváis dentro jamás se vuelva vegetariano y acabe compartiendo zanahorias con tres suculentos cerditos…

Eva Martínez Pardo
Febrero del 2020

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