El futuro nunca suele ser como lo imaginamos. Hay una cierta pulsión fantástica en nuestra manera de imaginarnos lo venidero que tiende a polarizar nuestras anticipaciones al cambio. Apocalipsis o utopía parecen ser siempre las únicas posibilidades que nos guarda el futuro mientras este se desliza poco a poco entre nuestras manos sin que nos demos demasiada cuenta de su presencia. Ese “lo que tú serás, yo ya lo soy; lo que tú eres, yo ya lo fui” que me decía constantemente mi abuelo y que mi espíritu postadolescente nunca quiso entender porque estaba demasiado preocupado en imaginar si lo que acabaría siendo era exitoso o fracasado. Éxito o fracaso mientras el ecosistema de cariño que habían construido él y su mujer junto a su hija, es decir, mi madre, se iba deslizando poco a poco entre mis manos permitiéndome ser lo que él ya fue: feliz (y resultón).

Con la cultura, y especialmente con los libros, nos ha pasado (sí, en pretérito) lo mismo que a mí con mi abuelo. Cuando nos tocó imaginarnos el consumo literario del futuro (del presente) decidimos sublimar nuestras posturas desde un horizonte idílico en el que la red de redes y la tecnología facilitaría el acceso absoluto y universal al torrente cultural humano hasta la tenebrosa profecía en la que la desaparición del libro sumiría a la gente en una nueva edad media de ignorancia y oscuridad. En cierta manera es entendible que semejante miedo nos haya acechado, ya que toda nuestra educación ha pivotado en torno a este mágico objeto. Los privilegiados que hemos tenido la extrema suerte de recibir una educación capacitante para la relativa libertad (sea lo que sea eso) lo hemos hecho en buena medida gracias al libro, y quienes no, podríamos decir que ha sido porque la sociedad les ha impedido (de miles de formas diferentes) el acceso a él.

Por ello, es lógico que, si el libro ha sido durante toda nuestra vida el símbolo y eje de la cultura, ahora que la liquidez textual desafía cualquier símbolo y cualquier centro de existencia, tengamos la necesidad de llorarle y guardarle duelo. Y a veces siento que llevamos demasiado tiempo guardando ese duelo, fase a fase, sin tener claro qué es lo que nos hace daño.

Durante la negación decidimos obviar la existencia de cualquier obra que no fuese la mayúscula literatura. De la misma manera que la aristócrata filología trató nuestra literatura menor, la infantil, nosotras ignoramos la riqueza estética que puebla la cultura de la infancia; Rodari lo dijo hace décadas en relación al cómic y la tele y seguimos haciéndolo con las formas digitales de ficción, perpetuando un innecesario silencio.

Como negar e ignorar una textualidad presente en más del 80% de la población juvenil roza el ridículo, dimos paso a la ira, disparando hacia las pantallas todo tipo de miedos y rencores que facilitasen nuestro posicionamiento en un bando de una guerra que, fuera de nuestros círculos quizás ni siquiera llegó a existir. Los datos dicen que la infancia lee más que nunca. Y que toda la sociedad juega más que nunca.

Cuando asumimos esta realidad, tocó negociar el presente inmediato, no fuese a ser que perdiésemos la guerra y nuestra chavalada amaneciese en un nuevo día en el que Borges solo fuese para ellos una marca de nueces de California. Era importante, entonces, que todo lo que la juventud hiciera fuera de la literatura fuese para llegar a ella. Si veían series que fuesen adaptaciones de Shakespeare, si jugaban a videojuegos que estuviesen basados en el infierno de Dante… Despotismo cultural, que dijmos el año pasado: todo por la cultura, pero sin ella.

La situación era (y es) insostenible. La maravillosa cultura contemporánea se pavonea delante de nuestras caras con tanta elegancia que solo podemos dar paso a la depresión. Nos refugiamos en ese pasado romántico de novelas de 600 páginas leídas en corro al calor de una hoguera en un bosque que nadie nunca ha visitado pero que añoramos con profunda nostalgia. Nos rasgamos las vestiduras por un pasado que, sin saber del todo si alguna vez fue, nunca podrá ya ser.

Hasta que un día se nos pasa, aceptamos la realidad que, afortunadamente, nos ha tocado vivir y nos preguntamos: ¿Pero a qué le estamos guardando duelo realmente? ¿Al libro o a nuestras prácticas culturales? ¿A la literatura o a nuestra mediación literaria? ¿Qué es lo que debe morir: la literatura o solo la rigidez procedimental con la que actuamos?

Y aquí es donde estamos todas de acuerdo. Porque en cuanto aceptamos que lo que importa es la construcción de intérpretes críticas y no la preservación museística de unos objetos (los libros), la luz de la curiosidad nos muestra el camino. Y disfrutamos con poesías declamadas lejos de la palabra; y nos recreamos entendiendo lo que significa “ser en un texto” más allá de la identificación, jugándolo; y nos atrevemos a fluir sin estructuras predefinidas. En definitiva, nos sumergimos en un presente cultural que, como decía mi abuelo, “ya lo era”.

Nos asustamos tanto con el Apocalipsis que debía llegar, que no nos dimos cuenta de que el presente se deslizaba entre nuestras manos susurrándonos que podíamos ser felices (y resultones).

Lucas Ramada Prieto
Febrero del 2020

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