Lo confieso: soy una lectora caótica.  Leo aquí y allá, lo que cae en mis manos azarosamente, lo que otros lectores me recomiendan, libros citados en otros libros, caprichos impulsivos de los que me enamoro en librerías ajenas o en la propia. Luego regalo esos libros, los presto sin recordar a quién, los olvido deliberadamente en mis viajes o los abandono al polvo en alguna estantería de la casa. 

Si alguna vez hubiera sucumbido a la tentación de ser organizada, haciendo un listado de todos los libros leídos, probablemente podría reconstruir mi vida entera a partir de ellos: son parte indisoluble de mi biografía, como supongo que lo son de todos los lectores

Y partiendo de ella, quizás podría ahora elaborar un listado de recomendaciones para otros lectores, que sería largo, pero también parcial y limitado. Después de todo,  los gustos personales no son necesariamente universales y hay tierras literarias ignotas más allá de mi pequeño territorio explorado.

De explorar tierras lejanas habla el libro que me acompaña en estos días de Lectores mutantes: El infinito en un junco [1], el trepidante ensayo de Irene Vallejo sobre los libros en el mundo antiguo. Comienza con una imagen tremendamente evocadora: la de los jinetes recorriendo Grecia cuya misión es encontrar y adquirir tesoros para nutrir el sueño de Ptolomeo I: llenar la Biblioteca de Alejandría con todos los libros escritos en el mundo. Para él, esa era la idea de biblioteca perfecta: la biblioteca absoluta.

Algunos dirían que hoy estamos más cerca que nunca en la Historia de la Humanidad de lograr el sueño del rey de Egipto. En nuestra era digital, millones de obras están disponibles para su descarga, a un solo clic de nuestros dispositivos de lectura. Las bibliotecas públicas ponen a nuestra disposición centenares de miles de libros. Las librerías se llenan cada semana de cientos de novedades, que solo en España rondan los 90.000 títulos nuevos al año. 

La aventura hoy en día no consiste en salir a buscar todos los libros posibles, como en la Antigüedad, sino en ser capaces de escoger aquello que merece la pena leer entre un mundo casi infinito de posibilidades.

Como mediadores, nos entregamos a esta tarea de selección armados principalmente de nuestra pasión lectora, de nuestros conocimientos literarios y de la profunda convicción de que nuestra misión, la de hacer llegar buenos libros a los jóvenes, merece la pena. La imagen es mucho menos romántica que la de los jinetes al galope, pero no por ello dejamos de sentir que nuestra labor tiene algo de aventura épica. Hace años, un amigo me dijo bromeando que la promoción de la lectura tenía un toque “evangelizador”, buscando convertir en lectores a los “no lectores”. Esto nos coloca en una relación vertical con los jóvenes lectores, basada en la desigualdad del experto frente al aprendiz.

Y es este punto sobre el que quería invitaros a reflexionar con las preguntas planteadas en este reto final: de qué manera nos afectan nuestras actitudes hacia la lectura y hacia los jóvenes lectores, a la hora de escoger las obras que les haremos llegar.

Narrativa, poesía, álbum ilustrado, novela gráfica, teatro, ensayos de divulgación, libros informativos… existen multitud de posibilidades, a pesar de lo cual, generalmente cuando pensamos en recomendar un libro para un adolescente, tendemos a pensar en la novela específicamente dirigida al público juvenil. Rara vez proponemos variedad de géneros o formatos, incluimos clásicos o propuestas en principio publicadas para el mundo adulto. En la librería nos ocurre lo mismo, aunque hacemos un esfuerzo por ampliar al máximo las posibilidades de elección para el joven lector, tendemos a concentrarnos en las propuestas más abiertamente juveniles. Al hacernos conscientes de esta tendencia, intentamos contrarrestarla.

Cuenta Irene Vallejo en su ensayo que, conociendo la obsesión de Ptolomeo I de poseer todos los libros existentes, aparecieron numerosos falsificadores que escribían o encargaban obras que pudieran ser susceptibles de ser compradas por grandes sumas de dinero. Algo así ocurre también en el voraz mundo editorial actual: se publican más “productos” que obras literarias. Al fin y al cabo, el mercado es vertiginoso, pues los libros no estarán en las librerías más de seis meses, y una vez agotada la tirada es más rentable editar un título nuevo que reimprimir. Las grandes casas editoriales se lanzan a publicar sin dedicarle apenas tiempo a la labor de edición y corrección. Así que con frecuencia nos encontramos libros juveniles mal escritos o mal traducidos y con numerosos errores orto-tipográficos. Y así, nuestra labor de mediación y selección se vuelve más importante que nunca.

Pero además de los libros, están los lectores. Estos jóvenes a los que intentamos acercar lecturas que les conquisten y les cuestionen. En la Antigüedad los libros eran asequibles solo a unos pocos: aquellos que pertenecían a los centros de saber y poder. Principalmente varones, necesariamente libres y eruditos. La figura del maestro era clara: aquel que indicaba las lecturas pertinentes, que marcaba los caminos de lectura. Ahora los mundos que proporcionan la ficción y la no ficción son prácticamente universales. La juventud se relaciona con y a través del texto escrito, dándole nuevos usos a viejos códigos. Leen, hablan de libros y otras obras ficcionales, recomiendan, se dejan recomendar, buscan por sí mismos, se enorgullecen de sus hallazgos. Hoy en día la realidad de los lectores ha cambiado, pero nosotros seguimos apegados en nuestra identidad a la figura del que muestra, del que descubre, del que marca caminos.

Nuestra labor de mediación debe entonces transformarse, adaptarse. No renunciando a nuestro bagaje lector, a nuestra formación ni a nuestros conocimientos, sino proporcionando espacios de encuentro y conversación en los que podamos poner compartir hallazgos con los jóvenes que nos rodean. Abrirnos nosotros también a la escucha, dejarnos llevar por sus recomendaciones, atreviéndonos a recorrer los caminos que nos proponen dejando a un lado nuestros prejuicios.

La fórmula es sencilla. Se trata solo de buscar y crear momentos en los que podamos compartir ese camino entrelazado de vida y literatura que cada uno de nosotros vamos recorriendo. Y de esa manera haremos de guías, no imponiendo un camino, sino valorando y explorando todas las vías posibles a recorrer.

Como los jinetes de la Antigüedad, nuestra aventura es reunir aquellos tesoros que hemos ido encontrando, para formar una biblioteca conjunta que, lejos de ser absoluta, será simplemente la nuestra.

Lara Meana
Marzo del 2020



[1] VALLEJO, I.  El infinito en un junco. La invención en los libros en el mundo antiguo. Editorial Siruela, 2019.

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