El rapto de Proserpina, Gian Lorenzo Bernini (1621-1625). Galería Borghese (Roma)

Cuenta el mito que Proserpina (hija de Ceres y Júpiter) resaltaba por su encanto. Venus, diosa del amor y madre de Cupido, envió a éste para que encendiera el amor en Plutón (solitario dios del inframundo) lanzándole una de sus conocidas flechas. Plutón, llevado por la pasión, salió del volcán Etna y, viendo a Proserpina bañándose y jugando en el lago Pergusa, la raptó llevándosela al inframundo para forzarla, violarla y desposarla.

Arte, anuncios, películas, canciones, libros, informativos de televisión…todo lo que nos rodea condiciona la forma en que nos construimos como personas, favoreciendo un entramado de valores, creencias y formas de pensar patriarcales, que asumimos desde la infancia y crean un marco legitimador de diferentes tipos de violencia. Es la violencia simbólica.

Mientras que la violencia directa es visible, se conoce; la estructural, cultural y simbólica se mueven en el ámbito de lo invisible, siendo más difíciles de detectar. No hablamos formas estancas, sino que están interrelacionadas. Precisamente, por esta interrelación que existe entre todas ellas, desarrollar de forma efectiva una estrategia contra la violencia implica actuar sobre todos los niveles en los que la violencia se expresa.

En la esfera de la violencia contra las mujeres, el asesinato, es la punta de ese iceberg de la violencia, nos muestra la cara más amarga de la desigualdad entre mujeres y hombres; pero antes de llegar a ese punto, una mujer o una chica -porque cada vez conocen antes este lado oscuro-, ha sufrido múltiples violencias a lo largo de su vida. Unas visibles y explícitas como las agresiones físicas, la violación, los abusos sexuales, las amenazas, los gritos, los insultos. Otras también explícitas pero invisibles como el ser desvalorizada, humillada, ignorada, despreciada, culpabilizada. Finalmente, habrá sufrido violencias invisibles y sutiles que naturalizan y socializan en la subordinación como la publicidad y el humor sexista, la invisibilización, la anulación, el control, los micromachismos, o el lenguaje sexista. Todas ellas tendrán un denominador común, el patriarcado.

Por ello, educar en la igualdad, también desde los medios de comunicación y la cultura es indispensable si queremos una sociedad justa, donde no todo se construya en rosa y en azul, guerreros o princesas, sino que se fomenten referentes que hagan factible que se pueda vivir una vida libre de violencia.

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