Al otro lado del teléfono la madre suena nerviosa. Mitad incrédula, mitad indignada, con la voz que se entrecorta, me lo cuenta a trompicones. Me dice que no sabe qué hacer, ni qué pensar. Y pregunta, sin esperar que nadie le responda, qué es lo que ha hecho mal. Cuál ha sido su fallo.

Ha entrado a la habitación de su hija y la ha encontrado desnuda, bailando.

Primero ha pensado que hay que ver, esta juventud, cómo es. Pero cuando la niña ha tirado algo en la mesa y ha dejado de bailar, se ha dado cuenta.

— Qué estabas haciendo, ¿eh? Dime qué haces. Qué haces con el móvil.

— Grabarme, como todo el mundo — le contesta. — Para un amigo.

— ¿Qué amigo?

— Uno nuevo, de Instagram.

La chica repite que lo hace todo el mundo, pero la disculpa no le sirve.

Esta vez la madre le ha requisado el móvil. Pero además ha contactado con Servicios Sociales y me ha llamado a mí.

Esta vez la madre ha abandonado su papel de testigo ciego, mudo y sordo y ha reaccionado. Porque en la ocasión anterior, cuando su hermana le enseñó un desnudo de su hija que circulaba por WhatsApp, se dedicó a excusar a la niña y a justificar lo sucedido. El novio la había obligado. La chantajeó. No tuvo más remedio. Yo no sé qué hacía. Tampoco es para tanto. Chiquilladas.

Negó el problema, encubrió el acoso y rechazó la ayuda.

Lo cierto es que, en multitud de ocasiones, el acoso nunca llega a conocerse porque la víctima no lo denuncia y los testigos son ciegos, mudos y sordos como lo fue esta madre la primera vez.

La negación, la incredulidad, la vergüenza y el desconocimiento son a menudo más poderosos que el acosador. Paralizan a las personas, les impiden actuar y perpetúan el abuso. Y la víctima se enfrenta sola al acoso, al vacío y al silencio. Demasiada carga para quien lo sufre sin saber cómo defenderse. Por esto es fundamental que nuestra labor educadora no se dirija en exclusiva a las víctimas, sino que se extienda también a los testigos. Nuestras charlas y actividades en el aula deben proporcionar recursos a las víctimas para que dejen de serlo. Pero para frenar el abuso es necesario también educar a los testigos para que aprendan a ver, escuchar y hablar. Porque adoptar el papel de espectador impasible, de testigo ciego, mudo y sordo, no sirve para ayudar a la víctima y te termina convirtiendo en cómplice del acoso.