Amamanto. Una criatura insaciable palpita entre mis brazos. Ajena al tiempo, prolonga el placer del alimento y la voz.

A veces canto, o le hablo del mundo, o pienso en mis cosas. Hoy leo en voz alta Las mil y una noches, las increíbles palabras tejidas por Sherezade para sobrevivir y garantizar la supervivencia de las demás.

Sherezade es mi hermana. Pienso en ella a menudo durante este confinamiento: “…había leído libros, historias, biografías de los antiguos reyes y crónicas de las naciones antiguas. Se dice que había llegado a reunir mil volúmenes referentes a la historia de los pueblos extinguidos, de los antiguos reyes y de los poetas.”

Su imagen se superpone con la de Madre Ganso, que recupera Angela Carter en la introducción a sus Cuentos de Hadas:

Evidentemente, fue la Madre Ganso quien inventó todos los cuentos de viejas comadres, aunque en este proceso de reciclaje perpetuo puedan participar viejas comadres de cualquier sexo: se trata de tomar un cuento y de cambiarle la cara. Son cuentos de marujas (es decir, historias sin ningún valor; falsedad, chismorreo banal): una etiqueta denigrante que asigna a las mujeres el arte de contar cuentos exactamente al mismo tiempo que lo despoja de todo su valor.

Nuestra ronda lírica en este foro no deja de ser una reunión familiar con todas ellas. Un viento digital nos convoca, pero solo es otro espacio para el antiguo filandón. El que ahora se nos permite y, como especialistas, se nos solicita.

En septiembre me invitaron a compartir debate con Yolanda Reyes y Patricia Pereira-Leite, en torno al papel de las familias en la construcción de la competencia lectora y a las lecciones aprendidas durante la pandemia. Poco me sentía capaz de aportar con respecto a lo segundo, pero fue un privilegio, una vez más, sentarme a la mesa (virtual, pero cercana) con dos maestras y compañeras. También la presencia de tantas profesionales de la primera infancia a través de las redes resultaba esencial y mencionarlo no era accesorio sino fuertemente significativo, tanto entonces como ahora. Por ello recupero mis palabras en esta actualidad en la que percibo imprescindible la voz de nuestra comunidad: Sherezade es, de nuevo, su nombre.

Hoy Yolanda Reyes es nuestro mayor referente en Lectura y primera infancia. Experiencia y conocimiento, unidos a una capacidad de comunicación tan afectiva como rigurosa, hacen que quienes compartimos esta especialización parezcamos citarla o incluso plagiar sus obras en cada intervención. Lejos de suponer un descrédito, me parece fundamental subrayar este hecho y darle su verdadero valor. Esto es: que lo que observamos al estudiar y propiciar los encuentros entre literatura e infancia no son simples coincidencias ni copias de discurso. SON EVIDENCIAS.

Patricia Pereira –Leite, por su vinculación con la Asociación ACCES (Acciones Culturales Contra la Exclusión y la Segregación) representa este mismo discurso, ahora estructurado en un proyecto de investigación y respuesta cultural y social a largo plazo. Las evidencias adquieren cuerpo científico y aplicación rastreable en el tiempo, sin perder por ello su profunda vinculación con los niños y niñas que forman parte de los programas.

¿Y las profesionales de la primera infancia? Nunca subrayaremos bastante la importancia de vuestra labor, y de la entrega y humildad con que la realizáis. Es triste la baja consideración social y económica con que se recibe.

Y este es el punto que no quiero dejar pasar: la primera infancia, cimiento de todo nuestro desarrollo posterior, así como el espacio prácticamente doméstico en que se desenvuelve, saben bien de confinamientos. De crianza en condiciones de encierro, de desprecio, de precariedad. De esclavitud y dominio.

Preguntar qué hemos aprendido de la pandemia del Covid debería llevar nuestra mirada a la historia, a la cadena de mujeres que la ha sostenido por debajo de los grandes eventos, sin derecho a participar en ellos pero con la tarea permanente de asegurar el futuro. Su mayor instrumento ha sido el lenguaje literario y artístico del regazo. El canto. El juego. El cuento. Teñidos, inevitablemente, tanto de vida como de muerte, de alegría como de tristeza. De herramientas para la libertad como de ataduras frente al poder que dice asegurar la supervivencia.

Cuando hacemos recuento de las necesidades primarias del recién nacido es fácil caer en la trampa de limitarse a los aspectos fisiológicos imprescindibles para la supervivencia. Pero es un hecho comprobado que la falta de ese afecto y comunicación humana que brinda la familia, especialmente la madre, ponen en peligro el desarrollo del bebé, pudiendo llegar incluso a producir su muerte (Spitz, 1945).

A través de ese intercambio amoroso de los primeros años se construye no tanto el contenido del conocimiento como la estructura que aporta sentido a su lugar dentro de la identidad propia, el respeto por la ajena y la responsabilidad dentro de la comunidad.

Potenciar ese papel de las familias, tanto en su trasmisión de la tradición como en su adaptación a la modernidad, es imprescindible. Revalorizar la literatura oral y popular, que era la única para la gran mayoría, y hermanarla con el acceso en igualdad a la cultura letrada y científica que nos estaba vedada hasta hace tan poco, no es negociable. El material de lectura impreso, los formatos en otros códigos y soportes, la actividad cultural relacionada, no pueden ser de nuevo el lujo de una minoría. Garantizarlo es una prioridad, y no debemos admitir retrocesos.

Ahora, cuando ni siquiera se han estabilizado todavía aspectos como la igualdad laboral de la mujer, los servicios públicos de atención a la primera infancia o la incorporación de los recursos digitales a la educación, los escenarios producidos por el COVID-19 están suponiendo un estancamiento en los procesos, en lugar de subrayar su importancia.

Como especialistas esto debería suponer un compromiso aún más intenso. Compromiso de impulsar las bibliotecas familiares; las antologías y estudios de literatura oral; los programas de asistencia a familias, más allá de las actividades puntuales; los catálogos virtuales, pertinentes y respetuosos con la propiedad intelectual; la actividad artística de calidad para las primeras edades.

¿Y como sociedad?

Debemos exigir inversiones y compromisos políticos a largo plazo con la cultura y la educación para la primera infancia. Con la investigación relacionada. Con la profesionalización de los servicios de mediación. Con la formación permanente de docentes, personal de bibliotecas y otros campos afines. Con la dotación de centros y programas específicos.

El momento actual nos afecta a todos, pero sería una gran ceguera pensar que lo hace por igual.

Cierro con otra cita de Carter, que expresa nuestro encuentro a la perfección:

“…es otra versión del mismo proceso: deseo validar mi reivindicación a poseer una parte equitativa de futuro, y expreso para ello la exigencia de que me concedan la parte del pasado que me corresponde.”

Beatriz Sanjuán
Febrero del 2021