Cuando hice los vídeos del MOOC hace tres años, llevaba mucho tiempo explorando la relación que los jóvenes lectores tenían con el auge de las nuevas novelas distópicas. La publicación de Los juegos del hambre de Suzanne Collins en el 2008 y su éxito comercial dio pie a innumerables posibilidades que establecían una relación sistemática con estos discursos del caos. No solo en libros sino en series, películas, podcasts, videojuegos, cada uno desde su propia forma de contarse. Muchos de estos discursos se construyeron con esquemas heredados de las distopías del siglo XX, cada vez más vigentes; combinados con fórmulas comerciales que permitían un enganche rápido del lector. Estas ficciones, en mi caso personal libros, series y sagas, me dieron pie para incitarlos a hacer una reflexión mucho más profunda, la de la pertenencia dentro de una sociedad.

En ese sentido tenemos al lector adolescente, al que mayoritariamente se le ofrecen libros como un bien utilitario, para prepararlos ante el mundo. Y uso el verbo “preparar” porque el adulto lleva años negociando con el hecho literario para hacer de los libros un espacio de rentabilidad educativa para jóvenes. Se editan o se leen para abordar temas difíciles, para canalizar emociones, para reivindicar, para empatizar, para aprender a ser mejores personas, para engancharlos, para entretenerlos. Del otro lado de la moneda está la sensación de libertad que sienten las personas ante el acceso a la información y el derecho a la selección personal. Los jóvenes llevan esos mismos años acercándose a ficciones e incluso a formas de relacionarse con la lectura o al lenguaje, que nos cuesta entender a los adultos.

En consecuencia, nosotros queremos sectorizarlos, huimos de la negociación, muchas veces somos incapaces de establecer el diálogo e incentivamos propuestas de debate con la razón como bandera e imposición. Esto genera la sensación de que la brecha generacional se nos hace cada vez más grande.

La semana pasada, Valentina Rojas nos contaba en el muro acerca de los desencuentros en las recomendaciones a sus hijos: el error, creo, es pensar en la adolescencia y en el adolescente, y no en adolescencias y adolescentes. Quizás sea una equivocación, pero yo lo llevaría un paso más allá. Pienso en que el error está en pensar en el lector y no en los lectores. Pocas veces se piensa en el lector adolescente como persona autónoma, sino como parte de una identidad. Siendo los adolescentes, además, seres humanos tan complejos y arraigados a los cambios. Como describe Lucy Montgomery, en su libro Ana, la de las tejas verdes: “Hay un montón de Anas distintas dentro de mí. Algunas veces pienso que esa es la razón de que yo sea una persona tan cargante. Si fuera siempre una sola Ana, sería mucho más cómodo, pero también muchísimo menos interesante” (p 79).

Cuando se piensa en la literatura que “debe” leer un adolescente, se está condicionado a la idea del lector más que la del libro. Entonces, al enunciar la relación del joven con el acto de leer, muchas veces damos por sentado sus capacidades individuales, su compromiso, su formación, el contexto o el acceso al libro. Es joven y los jóvenes leen “tal o cual libro”, les gusta “tales o cuales temas”, es que ellos se comportan “de esta o de esta otra manera”.

Y no existen estos libros infalibles. Existen jóvenes, así como los adultos, que leen, otros que no, y adolescentes que fueron cuestionados por sus lecturas o no fueron orientados a ver en el libro un derecho, una posibilidad.

Como manifestaba Erika Burgos en el muro: me parece muy importante romper con ese estigma que muchxs jóvenes cargan (más bien les cargamos) en el sentido de que no se interesan por nada.

Llegados a este punto, traigo como referencia al aporte de Diana Portillo cuando se refería a Harry Potter: Para ellos (los académicos) no había nada digno de analizar en sus páginas, pero para mí, como docente recién egresada de una Escuela Normal, la maravilla radicaba en ver a los adolescentes de mi país devorarlos, sí, devorarlos, y hablar de su contenido, charlar largo tiempo sobre las expectativas que generaba el siguiente título o su adaptación al cine. En serio, era ver y vivir como joven lectora algo que, en mi mundo, hacía mucho tiempo no observaba: adolescentes leyendo. Es totalmente cierto que, como fenómeno cultural y sociológico, Harry Potter generó un acompañamiento peculiar que duró diez años en el tránsito de una generación. Ahora bien, también es momento de analizar si algunas de estas comunidades lectoras se han quedado rezagadas a un colectivo de fanáticos, a un fandom, transformando estos libros junto a sus ficciones en una gran marca comercial a la que adorar. Incluso, desde el arbitraje de sus propios fanáticos, en no seguir apoyando a la autora por sus opiniones personales. Y aquí podemos incluir las películas de Star Wars, Marvel o Disney.

Seguimos negociando con una unificación de criterios en nombre de la cultura. Con la masificación del adolescente.

En este caso, leer pasó a ser parte del entretenimiento y, actualmente, hay un nuevo factor a considerar: el tiempo. Leer implica tiempo y en un mundo donde impera la tendencia y la inmediatez, el tiempo es un valor a invertir, y la lectura parece no dar beneficios inmediatos. O sea, que propongo un análisis mucho más profundo, porque no solo dejamos de lado el hecho estético, la relación con el lenguaje como un sistema de imágenes, o ese vínculo con la palabra como elemento resonante. Llegamos a ignorar el derecho que tienen los jóvenes a ser confrontados con la diversidad no solo narrativa sino estética de las ficciones, a ver en el diálogo un espacio de inclusión real, de entendernos. Incluso llegamos a simplificar sus elecciones de manera inconsciente. Fíjense cómo ocurre de manera natural en la anécdota que contaba Andrea Casco sobre su hija: Ella está en la época de las sagas juveniles, y ama contarme con detalles todas… yo le compro los libros tratando de que estos se conviertan en trampolines para otros de más “calidad”.

Llevo años cuestionando si existe el efecto trampolín o si se trata de la construcción de un canon personal, depurado de vergüenzas. Si en vez de esperar como adultos ese instante en que den el paso a nuestro lado, les ofrecemos las herramientas para que sean capaces de elaborar un pensamiento crítico que los lleve a entender estas ficciones de las que se apropian, y que tengan las herramientas para conversar sobre ellas. Porque me centro en el tema de la calidad, pienso en que ellos como lectores independientes, poco les interesa. El mejor ejemplo está en la cada vez más poderosa lectura a través de wattpad, aplicación que les ofrece contenidos gratuitos, constantes, efímeros, sin edición ni intermediarios. Valoran más la libertad de elegir a la “calidad” que nosotros les damos desde nuestro propio canon. Desde aquí no sienten el peso del adulto.

Entonces pienso, como escribió Chus Ruiz en el muro: lo que más echa de menos (el personaje de 16 años del que habla) es un lugar donde ir, donde estar, sin más, para encontrase con los suyos y hablar o no. Y eso creo que falta en las bibliotecas (al menos en las que conozco) y en general en la sociedad. Yo también eché en falta ese espacio, aunque no lo supe hasta que leí este libro, tan perdida estuve.

Es probable que lo que no hemos logrado desde ninguno de los espacios es este espacio al que ir, sin más. Acción que las redes sociales si han conseguido hacer y que con la pandemia han logrado instaurarse como un lugar seguro al cual pertenecer.

No estoy satanizando lo digital, sino confrontando el hecho de no tener un espacio para proponer este diálogo. No encuentran este lugar seguro, sin los debates de la educación a distancia durante la pandemia, o con las bibliotecas o las librerías condicionadas a las medidas de seguridad. Un espacio donde puedan contrastar ideas lejos de las burbujas de las redes sociales, donde puedan encontrar una variedad de posibilidades que los confronte. Porque, así como nos contaba Rosa Zaragoza sobre Persépolis, puedo hacerle eco en muchas otras obras: la lectura es necesaria para ir entendiendo que nuestros prejuicios se basan en el desconocimiento y que solo a través de la curiosidad por conocer y reconocer a los demás y sus historias (escritas o no) vamos a poder “nombrarnos” desde una posición crítica y conocedora dentro de la jungla de ideas en la que vivimos.

Es cierto que no contábamos con que al llegar al 2019, la humanidad entera comenzaría a albergar también una realidad caótica y, seamos honestos, poco esperanzadora. Nos alcanzó la distopía y este es un experimento social en toda regla. Más allá de lo social, pensemos en el acto de leer, muchos no podían hacerlo por falta de concentración, falta de acceso a los fondos, falta de posibilidades, falta de ganas, falta de comunidad. Esto sobrevino al bloqueo colectivo, a las medidas de seguridad, muchas veces improvisadas.

Y si durante la pandemia las prioridades son la economía y la salud, en el sentido más práctico y utilitario, ¿dónde deja esto a la lectura?. Vuelvo entonces al tema del tiempo, ¿vale la pena invertir tiempo en un libro que nos aburre por más fundacional que sea?

Por eso esta semana los invité a un ejercicio provocador, aunque también alcé una pregunta a la que la mayoría le rehuyó: la relación actual de los jóvenes con la lectura. Les invité a pensar en las lecturas que recuerdan como necesarias para su formación lectora y que podrían replicar con los adolescentes, así como otras que se aventurarían a explorar. Muy pocos, por ejemplo, tomaron en consideración los videojuegos o el espacio digital como opción. Me pareció curiosa esa distancia con estas propuestas, siendo una de las que más peso tenga en la actualidad. Nos quedamos realmente enmudecidos en el caos. Quizás es momento de ensayar nuestras propias tramas para un futuro que será tan complejo como vulnerable.

La lectura de lo literario es un ejercicio del arte, una representación de lo artístico, pero para los jóvenes también es un espacio que ofrece el intercambio de ideas, un espacio sociológico para comprender al mundo.

Debemos presentarle el deleite estético de la palabra a partir del afecto que ellos sienten por sus historias, en el vínculo con sus libros. Entonces, ¿quién piensa sobre el futuro? No en lo que será, sino en lo que seremos. No pienso en teorías o posibilidades, sino en las formas de reaccionar. Ubico aquí, nuevamente, al adolescente, a esa forma tan desenfrenada de pactar con sus armas íntimas para construir una identidad propia, pero ahora en contingencia. Están tan desorientados como nosotros, los adultos. Esta crisis nos debería posicionar a todos en un punto clave de reflexión, diálogo y acompañamiento. ¿Lo estamos logrando?

Freddy Gonçalves Da Silva
Febrero del 2021