Vivimos tiempos convulsos, aquí y allá, delirio, enfermedad y muerte. Difícil crecer, desarrollarse, soñar otro mundo posible cuando la realidad brutal se impone y deja al descubierto lo feo. Pero existe belleza y los seres humanos estamos llamados a ella, aunque la gravedad sea más fuerte, como decía Simone Weil, “los móviles bajos encierran más energía que los elevados”. Cuesta tender a la gracia, elevar espíritu y mirada e imaginar que es posible construir. Cuesta no perderse en el malhumor, malos entendidos, noticias falsas. Y ahí están nuestros adolescentes y jóvenes.

No ha sido fácil para ellas y ellos, confinamiento, cuarentenas, distancia social. Conceptos de los que hasta hace poco teníamos poca o nula experiencia, ellas/ellos, nosotras/nosotros, aprendiendo a mantenernos a flote, sorteando violencia, estupidez y desgracia. A cada rato se encienden fuegos y pasan, ¿cómo digieren la inmediatez e inoperancia?

No existe paraíso sin dolor, o, derechamente, podríamos afirmar, no existe paraíso alguno, pero se nos ha prometido un reino y un jardín y en nuestros imaginarios existen. ¿Qué sistema político, social o económico puede contener esa belleza imaginada? No en vano tenemos la capacidad de pensar.

Es cierto que llegamos a conocer los estados de gracia cuando hemos transitado la adversidad, quizás la oscuridad sea más intensa que la luz, porque nos obliga a tomar decisiones, a ser precisos, a encontrar las palabras que nos definan, a descubrir de qué materia estamos hechos y eso no es poco. Ying y yang. Luz y sombra. Así es que en esta adolescencia y juventud del mundo acompañamos a nuestros adolescentes y jóvenes a imaginarse, imaginarnos. La literatura, sin duda, es buena compañera, ¿en qué otro espacio la fabulación está permitida sin rodeos?

Porque necesitamos aprender a leer el mundo, descubrir señales, dibujar en nuestro imaginario esas palabras que no son adornos, sino faros, porque marcaran nuestro propio sentido de trascendencia. Entonces, la verdadera búsqueda que debemos inocular con la lectura son materia, cuerpo y espíritu.

Conocerse a uno mismo, anhelos y desvelos, obsesiones y quebrantos. Conocer el mundo que nos rodea, océanos y zonas oscuras. Conocer el misterio de la luz y oscuridad. Para aspirar a esa belleza que nos sentimos llamados hace falta experiencia, aprender a leernos y a leer el tiempo que habitamos, una tarea que probablemente nos tome la vida, pero vale la pena el intento. Creer que otro mundo es posible.

No nos hemos separado de la magia, el misterio existe, nos rodea y lo experimentamos a lo largo de nuestras vidas de diferentes maneras, la observación de la muerte, el conocimiento que llega a partir de esa experiencia, equivale a una iniciación a la vida adulta, a la palabra finito. Adolescentes y jóvenes suelen percibirse inmortales, principalmente por ausencia de experiencias límites, hasta que la muerte hace entrada, ese final. “Amar la forma es amar los finales”, decía Louise Glück, porque todo se expresa de manera singular, un movimiento dibuja de principio a fin la forma con total destreza que cierra un ciclo, cuando la figura se muestra con tanta claridad que cede a otra forma.

Lo mismo ocurre con nuestros adolescentes y jóvenes, pasan de un estadio a otro, reconociendo ciclos y finales y es la muerte, la conciencia de, lo que los ubica a los pies de esa cornisa. De ese tipo de vértigo hablamos cuando hablamos de crecer. Sucede.

Nuestra existencia siempre estará limitada a un tiempo y espacio, a condiciones particulares y corporales. Aprender a pensar equivale a entender nuestro “aquí y ahora”, interpelando aquello que sucede, se escribe, se dice o hace. Aquello que nos molesta o que soñamos. Para abrir esa posibilidad en nuestras muchachas y muchachos, porque serán ellas/ellos los encargados de asumir la posta, se requiere mirar desde cierta altura, reconocer materias y limitaciones, construirse desde lo singular hacia lo colectivo. Abrir espacios de debate sobre nuestra especie y su territorio, sobre la condición humana y su propensión a mantener en permanente tensión el sistema nervioso, combate y huida, enfermedad y delirio y para esa tarea la literatura es necesaria como relato de quienes nos precedieron, historias anónimas, historias de los que prefirieron el silencio o lanzaron un aullido, relatos como filigrana de emociones, ideas, sensaciones, hechos, búsquedas. La expresión artística no es banal, el pensamiento creativo abre caminos de búsqueda, permite encontrar verdades que arrojan luz al entendimiento de nuestra naturaleza, sin anquilosarnos, poniendo a prueba palabras e ideas, formas de hacer y ser. Forzándonos a mantenernos vivos.

Para que la palabra sea memoria que renueva, no memoria que repite, es necesario permanecer cerca de esa corriente vital, descubrir en el relato literario una manera de leer y leernos.

Sara Bertrand
Febrero del 2021