Hace mucho tiempo que los cuentos tradicionales nos acompañan en nuestro existir. De hecho, no han dejado nunca de estar presentes en todas las culturas del mundo de las formas más diversas. Me atrevería a decir que somos precisamente humanos porque tenemos cuentos, o quizás, que tenemos cuentos porque somos humanos y necesitamos narrarnos simbólicamente lo que nos define.

Y sí, la tradición oral nos dibuja de una manera completa: somos todos los personajes de todos los cuentos que conocemos.

Somos la madrastra y también la madre nutritiva; somos el padre pusilánime y el ogro devorador; somos el príncipe salvador y la princesa que espera que alguien la salve. Jung decía que los patrones de relación universales, es decir, las formas de relación que se dan en todas las personas en todos los lugares del mundo, pertenecen a un inconsciente colectivo que compartimos como humanidad. Esos patrones de relación se componen de luces y de sombras, de aspectos que consideramos “positivos” (léanse las comillas), y otros que consideramos reprobables. Es lo que él definió como arquetipo. Cuando este arquetipo se enmarca en una cultura y en un tiempo concreto, se crean ciertas expectativas deseables sobre cómo debe ser un ser humano. Por ejemplo: ¿qué se espera de una mujer-madre del siglo XIX? ¿Cuáles son sus conductas y sus tipos de relaciones esperables? ¿Puede una mujer mostrarse agresiva o poco cuidadora y ser considerada socialmente “normal”? Los condicionamientos sociales y culturales convierten un arquetipo en un estereotipo, y eso es lo que nos hace seres menos completos.

Sin embargo, los cuentos tradicionales han estado siempre ahí, fieles a nuestra naturaleza, para recordarnos que también somos lo que no se espera de nosotros, o lo que nos hace socialmente menos aceptables.

Francamente, ¿quién no se ha sentido alguna vez como la madrastra de los cuentos? ¿O como el héroe imparable que puede derrotar a cualquier villano para conseguir a su amor? ¿O como la pobre niña perdida en el bosque atemorizada por los peligros? Si solo fuésemos lo que se espera social y culturalmente de nosotros, seríamos el estereotipo perfecto para encajar en nuestra cultura. Sin embargo, muy probablemente alguno de esos personajes malvados, embusteros o manipuladores nos ha influenciado en alguna ocasión, y nos ha hecho sentir que estamos obrando inapropiadamente, generándonos sentimientos de culpa o inadecuación.

Pero actuar como si no formaran parte de nosotros no nos ayuda. Lo que nos hace orientarnos hacia el bienestar es tomar conciencia de que también esas fuerzas están en nuestro interior. Conocerlas y aceptarlas nos hará más libres de que actúen de forma compulsiva o reprimida en nuestras relaciones. Por eso es importante poderlas sacar a la luz. El ejercicio del personaje detestable puede servirnos para tomar conciencia de cómo esos rasgos actúan en nosotros, de cómo nos damos cuenta de que –en ocasiones- también somos como ese personaje (o lo reprimimos de tal manera que nos empeñamos en ser justo lo contrario de ese modelo).

Esa es la grandeza de los cuentos tradicionales, que nos recuerdan todos los arquetipos que nos habitan. Para dejar que esa gran sabiduría nos impregne, hay que hacer un ejercicio de honestidad, hay que decirse internamente esa verdad que quizás nos cueste pronunciar.

En mi experiencia, siempre que he compartido una de esas verdades internas que ni siquiera me atrevía a decirme a mí misma, he encontrado a personas que resonaban conmigo. En realidad, lo que me ha ayudado a sentirme mejor conmigo misma y con el mundo es saber que aunque a veces sea la bruja de los cuentos, puedo compartirlo con otras brujas y aprender de ello. Además, si no fuera por la bruja que llevo dentro, no hubiese tomado algunas decisiones que con el tiempo me han aportado mucho bienestar.

Gracias a todas las personas que os habéis compartido en las redes, no es fácil mostrar algunas de nuestras caras, así que bravo por vuestra valentía y honestidad. Ojalá este viaje hacia dentro pueda continuar a través del tiempo, y a través de muchos cuentos. Ojalá que los cuentos os ayuden a encontraros a vosotras mismas (y a vosotros mismos), para que podáis sentiros la auténtica heroína de vuestra historia. Y, por supuesto, ojalá que vuestros niños y niñas puedan verlo para aprender sobre cómo vivir de una forma consciente, completa y auténtica. Ojalá.

Eva Martínez Pardo
Febrero del 2021