Empecé esta semana especialmente preocupado por la contemporaneidad. Este Mooc tuvo su primera edición en 2019 y siento que han pasado demasiadas cosas desde entonces. Muchas en lo personal, demasiadas en lo colectivo. Y no hablo necesariamente de cómo el paso del tiempo condiciona los discursos sobre la cultura, y en concreto sobre la esfera artística a la que me dedico, que también. No hablo de cómo el discurrir de los días afecta hasta en lo material a nuestra relación con las obras, pensad en la muerte de flash y la dificultad de acceder a algunos textos que propuse hace solo tres años. O incluso al mero contexto discursivo del mooc, Facebook, al que se le notan demasiado estos tres años, convertido en una suerte de cementerio de estados que se repiten cíclicamente entre las publicaciones puntuales de los privilegiados titanes que aún caminan por sus valles. Esto también afecta, pero no me refiero a eso. De hecho, mi preocupación no es por las consecuencias de la contemporaneidad en sí sino por la atención y desatención a la misma dentro de los procesos de mediación cultural, sean estos cuales sean.

Recuerdo que durante el confinamiento severo de la pasada primavera, Freddy Gonçalves da Silva, mediador también mutante, Anna Juan Cantavella y yo tuvimos una conversación pública sobre nuestra percepción actual del trabajo que desarrollamos, y una de las mayores tensiones que compartimos fue la dificultad de sincronizar la genuina preocupación de construir diálogos culturales encajados en el más absoluto de los presentes dentro de estructuras institucionales y sociales ancladas en otros tiempos más cómodos. A veces siento que la constante persecución textual de la universalidad artística por parte de los constructores de sentido oficiales de los reinos no son más que cómodos pijamas de franela que nos ponemos para no tener que salir de casa. Como si el mundo nos hubiese regalado el comodín de la progresía humanista por el mero hecho de pertenecer a las tierras del mayúsculo arte; una bula papal que nos libra del presente, sea este universal o no. Y digo con honestidad que hace tres años me preocupaba más nuestra (in)capacidad para encontrar la universalidad expresiva latente de la ficción digital, que su atención contemporánea; ayudar a encontrar las esquinas simbólicas que los buenos textos, sean del tipo que sea, reservan para el latir colectivo de lo que significa ser persona bajo cualquier circunstancia; formar audaces mentes que muestren los caminos de la invisible genialidad videolúdica…y con la misma honestidad os confieso que me he agotado y que paso muchos días preguntándome si tiene sentido desatender tanto la comprensión de las relaciones inmediatas de la gente hacia su cultura presente en aras de construir acervos generalizables que, a pesar de la propia gente a quien se dirige, la signifiquen. Insisto en que es una preocupación, no necesariamente una propuesta de revolución paradigmática.

Ahora bien, volvamos a la ficción digital y pensemos en cómo aterriza esta genuina preocupación en sus terrenos. Para empezar, mientras que en España tres cuartas partes de la población infantojuvenil construye su identidad cultural con el videojuego como nicho ficcional irrenunciable (el 90% en México según la revista Forbes), los procesos de mediación cultural propuestos desde las aristocracias oficiales pocas veces (lol) atienden a esta realidad artística. Obviar una industria cultural con semejante penetración en los procesos de socialización de las criaturas ya me parece de una prepotencia cultural dramática, pero encima es que cuando lo hacen (lol) tienden a obviar desde sus pilares arquitectónicos la escucha atenta a lo que ese enorme porcentaje de personas piensa y enuncia sobre ella.

Siempre me había preocupado la insalvable distancia existente entre lo que las criaturas y adolescentes parecen hacer con los juegos y lo que, como adultas iluminadas, nos gustaría que hiciesen.

Ojo, que me sigue preocupando. “Nadie aprende a leer libros difíciles leyendo solo libros fáciles” que decía Teresa Colomer y por supuesto que nadie aprende a disfrutar de la pluralidad estética del videojuego contemporáneo pasando sus horas exclusivamente en las islas del Fortnite.

Debería ser nuestra responsabilidad como agentes culturales encargados de acompañar a la infancia y la juventud en su desarrollo como sujetos interpretativos representar la heterogeneidad expresiva del medio más definitorio del presente y construir caminos para que todas las personas, sin importar su demografía, acaben pudiendo decidir a qué quieren jugar, sin estar condicionadas por su bagaje vital sino precisamente empoderadas por él.

Pero, ¿cómo se construye un camino sabiendo solo el punto de llegada? Se nos cae la baba citando a Vygotsky y su canónica zona de desarrollo próximo pero nos ponemos a pensar, por ejemplo, en el sujeto cultural adolescente y lo abstraemos a un plano astral idílico en el que sus interrelaciones textuales inmediatas o no nos preocupan, o problematizamos con jerárquica condescendencia. En vez de escucharlo profundamente para entender en qué lugar se encuentra y construir, de manera conjunta, un itinerario de descubrimiento del disfrute que atienda a su crecimiento individual y colectivo, en demasiadas ocasiones decidimos por él, antagonizamos su realidad, banalizamos sus procesos de construcción de sentido con las obras que consume e imponemos una hoja de ruta hacia la verdadera luz de la cultura que creemos poseer. Una luz, quizá ajena a la realidad que le ha tocado vivir…  Sé que estoy vomitando de manera indiscriminada, pero antes de caer en el #NotAllMediadoras, párate a pensar cuántos juegos publicados en la década de los 2010 conoces y cuántos libros. Párate a pensar cuántas de las conversaciones sobre disfrutes culturales que has tenido con les niñes de tu entorno tienen la ficción digital como eje, cuánto sabes sobre sus diversos perfiles de consumo de juegos, cuánto de los intercambios discursivos que ocurren mientras juegan, cuánto de cómo entienden sus acciones dentro de los sistemas de participación, cuánto de cómo se mueven por el circuito, cuánto de las maneras en que construyen sentido con el resto de voces del sistema cultural, cuánto de su posicionamiento ideológico en torno a él…¿cuánto sabes realmente de lo que pasa a día de hoy entre ese conjunto de personas que tanto nos preocupa y la forma de cultura más relevante de su contemporaneidad?

¿Y no es hora, quizás, de empezar a poner las preguntas, y no las respuestas, en el centro de nuestras acciones?

Lucas Ramada Prieto
Febrero del 2021