Siempre es extraño verse en un vídeo de años atrás. Escucharse desde el tiempo y la distancia. Después de este año en el que “nos alcanzó la distopía”, como decía Freddy semanas atrás, esta extrañeza natural se vuelve aún más acusada y ninguno de los ponentes de este curso hemos sido capaces de obviar este hecho pandémico que tanto nos ha condicionado la vida en general y la mediación en particular. De alguna forma, la distancia hacia los contenidos que elaboramos en aquel entonces, nos ha hecho reflexionar sobre su pertinencia en el contexto actual.

Hace tres años, cuando preparaba este triple reto para la primera edición del MOOC, mi objetivo principal era reflexionar sobre la importancia de tener en cuenta el punto de vista de los lectores, de sus gustos y necesidades, a la hora de realizar una labor de selección de lecturas que ofrecerles. En los vídeos lanzaba preguntas, que en realidad iban dirigidas a mí misma. Tres años después las respuestas siguen haciendo eco, buscando vías nuevas para ejercer esta profesión de mediación lectora que se sustenta en la duda, en la revisión permanente de nuestras certezas, en la capacidad de generar un diálogo incómodo con los lectores, en cuestionarnos y también en estar abiertos a dejarse cuestionar por ellos.

Saberlo no hace el camino más fácil: existe un conflicto permanente entre nuestra posición de adultos y la horizontalidad que requiere la mediación lectora.

Como decía Estrella Sánchez: “Para mí, siempre hay un momento en el que te das cuenta de que los mediadores somos censores, a veces damos los libros que creemos que son mejores para los chicos, nos hemos dejado llevar por un clima imperante de “pedagogía”, de “lo que es apropiado para” de “nuestro punto de vista superior, informado, cabal”. Pero un día te pones a hablar con los chicos, lees lo que ellos leen, tratas de comprender su mundo y sus dinámicas, y ahí comienza el verdadero trabajo de selección, que es inmenso, pero no estéril, porque está dirigido a personas reales, con edades reales.”

Es cierto que existe un punto de inflexión. Ese día en que la relación con los lectores hace cambiar el punto de vista. La ausencia de formación profesional reglada en las distintas áreas de conocimiento vinculadas a los espacios de mediación (Biblioteconomía, Filología, Magisterio…) es evidente. Comenzamos a ejercer nuestra profesión sin habernos planteado cómo será nuestra relación con los lectores, cuál es exactamente nuestro objetivo y función en relación con la lectura, cómo vamos a construir espacios de conversación en torno a los libros y otros formatos narrativos. Cuando sentimos la inquietud de hallar respuestas o de encontrar vías posibles de acción, comenzamos a investigar, a leer, a intercambiar puntos de vista con otros mediadores… y así vamos construyendo el camino, como compartía Diana Portillo: “Ahora, después de muchas lecturas, de muchas charlas, pero sobre todo de mucha reflexión en torno a mi labor con adolescentes mexicanos, tengo varios planes. Algunos son: que conozcan sus derechos como lectores (apoyada en Daniel Pennac, por ejemplo), que analicen Manifiestos de lectores jóvenes (auxiliada por Adolfo Córdova y su gran experiencia) con el fin de que comprendamos y acordemos un equilibro entre lo que se necesita que lean para el desarrollo de los contenidos académicos con lo que ellos desean leer dejando de lado tantos prejuicios hacia las narrativas originadas en los videojuegos, hacia aplicaciones como Wattpad y hacia los formatos y dispositivos, por mencionar algunos“.

Este camino está lleno de desencuentros: no siempre es fácil acercarse a ellos. María Asuero compartía su estrategia ante la dificultad con la que se encontraba a veces para conectar con sus jóvenes lectores mutantes: “De todas maneras, intento conectar con los gustos y preferencias de esos jóvenes y ofrecer desde novelas clásicas hasta ficción digital pasando por novela gráfica, novedades, álbumes y un largo etcétera. He leído libros recomendados por alumnxs, y he leído mucho para poder recomendar. (…) Creo que es muy importante conocer a los lectorxs que tenemos delante, aunque nos equivoquemos ayudándoles a trazar sus itinerarios“.

Quizás esta sea precisamente la definición de mediación: generar espacios de conversación en los que intentar estar presentes, escuchar a los lectores, tratar de ampliar horizontes propios y ajenos, buscar la diversidad de obras para que a los jóvenes no les llegue solamente lo que le interesa el mercado. Y en eso estamos.

Ahora bien, en este 2021 distópico en el que nos han cerrado o limitado el acceso a las bibliotecas públicas y municipales; en el que es imposible apiñarse en torno a un libro álbum para leer juntos; este año en el que las bibliotecas escolares han perdido su función para convertirse en aulas… ¿cuántos de esos espacios de conversación hemos perdido? ¿Pueden sustituirse por encuentros virtuales? ¿Cómo nos planteamos nuestro trabajo de mediación en este nuevo contexto? ¿Qué estrategias nuevas lograremos poner en marcha?

Porque os confieso que hoy, en medio de tanta institución que ha puesto en pausa sus funciones para intentar capear el temporal, con tantos espacios culturales de encuentro, conversación y mediación perdidos, me preocupa el futuro más cercano. ¿Nos hemos quedado paralizados? ¿No estamos apostando en demasía a un futuro en el que recuperaremos todo lo que hemos perdido, como si nada hubiera pasado? ¿Cómo van a transformarse nuestras bibliotecas y escuelas para seguir garantizando el libre acceso a la información y la cultura en igualdad de oportunidades para toda la población? ¿Qué ocurrirá con los espacios de lectura compartida y conversación literaria que habíamos logrado generar y que se han visto interrumpidos y anulados en los últimos meses? ¿Dónde y cómo haremos llegar nuestras recomendaciones si los espacios para hacerlo ya no existen?

Lara Meana
Marzo del 2021