Dice el refrán que nadie escarmienta en cabeza ajena. Si aprender de la experiencia de los demás fuera tan sencillo como escuchar lo que les pasó y aplicar a nuestra vida la lección que aprendieron, podríamos evitar situaciones desagradables, librarnos de disgustos y malos ratos, y gozar, en general, de una existencia más grata y fructífera.

Evitar el error y centrarnos en el acierto supondría un enorme ahorro de tiempo y esfuerzo que se traduciría (siempre que nos lo propusiéramos y trabajáramos en ello, claro) en un mayor porcentaje de éxito personal.

Pero los seres humanos no funcionamos así, y de ahí el refrán. Nuestro cerebro, sencillo y complejo a la vez, utiliza atajos mentales, llamados sesgos cognitivos, para economizar en esfuerzo y energía. Los sesgos cognitivos nos permiten procesar información rápidamente y extraer conclusiones de manera automática. Pero procesar con rapidez la información y extraer conclusiones de forma automática no implica que estas conclusiones sean correctas. Por eso se llaman sesgos.

Uno de los sesgos cognitivos que tienen lugar cuando alguien relata su experiencia sobre algo es la ilusión de invulnerabilidad. Este sesgo consiste en el pensamiento erróneo de que eso que nos cuentan no nos pasará a nosotros. Aquel sufrió un accidente de tráfico porque conducía con dos copas de más, pero a mí no me va a pasar nada por conducir hasta la vuelta de la esquina con unas cuantas cervezas porque yo voy bien y controlo y el que se estrelló no. Esa chica pasó un infierno con aquel novio dominante que la maltrataba pero a mí eso no me va a pasar porque me daría cuenta a la primera.

Nuestra mente nos hace creer que somos superhombres y supermujeres para librarse del estrés y de la preocupación y seguir procesando la información que recibe por los cinco sentidos.

Otra razón por la que resulta tan difícil escarmentar en cabeza ajena es que, al llegar a la moraleja de la historia, utilizamos argumentos en lugar de sentimientos. Los argumentos nacen de la razón, del pensamiento y de la lógica, y a menudo se perciben muy lejos de la experiencia. Los comprendemos, claro que sí, pero se quedan en palabras a miles de millones de kilómetros de nosotros. Los sentimientos, por su parte, nos mueven desde el interior. No se rigen precisamente por el pensamiento ni por la lógica, pueden ser incluso irracionales, pero son mucho más poderosos porque son capaces de transformarse en acciones. Dos y dos son cuatro, eso lo entendemos, pero la emoción o la tristeza o la ira o la rabia o la alegría nos movilizan más que cualquier matemática.

El discurso igualitario es una especie de escarmiento en cabeza ajena. Los últimos años son un martilleo de informaciones sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, brechas salariales, techos de cristal, violencia de género. Situaciones que comprendemos desde la razón, pero que no terminamos de interiorizar y de aprehender en toda su extensión si no las hemos vivido o las hemos visto de cerca. Porque eso que cuentan les pasa a las demás, no a nosotras.

Nuestros jóvenes, que precisamente por el momento vital que atraviesan son un manojo de emociones, a menudo perciben el discurso igualitario como algo que no va con ellos. Y es que, para moverles a la acción, no sirve la teoría ni los razonamientos impecables ni los listados de mujeres científicas, literatas y artistas ni las cifras de mujeres que mueren cada año a manos de sus parejas. Tenemos que llegar a sus sentimientos, acercarles la realidad, ayudarles a que la hagan suya para que desde esa experiencia personal caminen hacia la igualdad.

Una de las claves radica en la elección de las actividades que desarrollemos en el aula: actividades cercanas a su realidad, a su mundo, a sus costumbres, en las que se vean reflejados.

Los materiales audiovisuales son muy útiles en este sentido. Vídeos y cortometrajes en los que los protagonistas sean jóvenes como ellos, que muestren sus inquietudes, preocupaciones y vivencias y con los que se puedan identificar. Se trata de que vean de cerca la experiencia de un igual; de que sientan de algún modo lo que siente el otro y que esos sentimientos se metabolicen después en una reflexión conjunta en la que cada cual pueda expresar lo que siente y lo que piensa.

Hay infinidad de vídeos en los que podemos apoyarnos para llevar al aula la educación en igualdad y la prevención de la violencia de género. Un ejemplo es “La historia de Diana”, un vídeo realizado en el IES Joaquín Rodrigo con el que los alumnos conectan muy bien y que ejemplifica de forma sorprendente cómo la violencia de género se puede prevenir si se conocen sus signos.

Las actividades que desarrollamos en el aula no son píldoras mágicas, sino más bien semillas que plantamos en el alumnado. Ni la igualdad en todos los ámbitos ni la erradicación de la violencia de género se producirá de la noche a la mañana; es un proceso social que necesita de millones de pequeños cambios individuales, tantos como personas habitamos el mundo.

Nuestro reto como docentes es trasladar al aula el discurso igualitario, convertir la teoría en experiencia. Ni nuestros alumnos ni nuestras alumnas escarmentarán en cabeza ajena, como tampoco nosotros, pero podemos dotarles de recursos personales con los que afrontar su vida y crear un mundo mejor.