El primer retrato robot que se conoce fue un cartel de búsqueda que Scotland Yard publicó en el diario británico Daily Telegraph el 4 de julio de 1881. El retrato en cuestión correspondía a Percy LeFroy Mapleton, un periodista al que se le apodó como el Asesino del ferrocarril por haber perpetrado un crimen en el tren que cubría el trayecto entre Londres y Brighton.

Al retrato en plumilla le acompañaba una prolija descripción: “22 años, mediana estatura, muy delgado, aspecto enfermizo, con arañazos en la garganta, heridas en la cabeza, probablemente afeitado, sombrero bajo de fieltro, abrigo negro, dientes muy descoloridos“.

El retrato robot de Percy LeFroy Mapleton publicado en el Daily Telegraph

Mapleton fue arrestado, pero no gracias al retrato robot. La policía lo tenía en su lista de sospechosos y lo encontró porque el mismo Mapleton, que andaba huyendo de acá para allá, había facilitado a su jefe su nuevo paradero para que le hiciera llegar la nómina.

Desde aquel primer retrato robot la técnica mejoró mucho y hoy en día se realizan con programas informáticos en los departamentos de criminalística del mundo entero.

Los retratos robot se crean a partir de un “retrato hablado”, que son todos aquellos rasgos y descripciones que los testigos son capaces de aportar, y cada año ayudan a la detención de sospechosos que, de otra forma, quizá quedaran impunes.

A los humanos nos encantan los retratos robot. En nuestro afán por economizar esfuerzos y energía, nos pasamos la vida clasificando cosas, personas y sucesos en virtud de las características que tienen en común. Pero a diferencia de los retratos robot, que se refieren a una sola persona, nuestros “retratos robot” se refieren a grupos. Es relativamente fácil definir con precisión una sola cosa, pero no tanto hacer lo propio con un grupo heterogéneo porque, si bien podremos extraer algún factor común, sus elementos nunca serán exactamente iguales.

No es posible establecer un retrato robot de las víctimas de violencia de género porque hablamos de personas que, aunque iguales en derechos, somos todas diferentes. Hay víctimas de violencia de género con máster y doctorado, con estudios básicos,  ejecutivas, cajeras de supermercado, desempleadas, amas de casa, deportistas, sedentarias, introvertidas, extrovertidas, adolescentes, jubiladas, rubias, morenas y pelirrojas.

En nuestras aulas la alumna más brillante y la más pasota de la clase pueden atravesar una situación de violencia de género.

El punto en común que comparten todas ellas no es un conjunto unívoco de características personales referidas a su forma de ser o a su origen social, sino más bien una característica circunstancial, algo que le puede suceder a cualquier mujer, y que es encontrarse en una situación de vulnerabilidad.

Una situación de vulnerabilidad es lo que coloquialmente llamamos una mala racha, un mal momento, una situación en la que nos podemos sentir desbordadas, débiles, sin fuerza y con la guardia baja.

En el caso de nuestras alumnas, una situación de vulnerabilidad puede ser la separación de los padres, los cambios de domicilio, de centro escolar, de etapa, la ausencia de amistades, la soledad y el aislamiento, la presión social, no sentirse a la altura de los demás… Pero no solo esto: cualquier circunstancia que provoque sentimientos de inadecuación o malestar psicológico, sea lo que sea, por nimio que nos parezca, puede convertirse en una situación de vulnerabilidad. Ninguna mujer ni ningún hombre en la faz de la tierra desea el sufrimiento para sí. Si algunas de nuestras alumnas terminan sufriendo el infierno de la violencia de género, desde luego no es por gusto ni por decisión personal. Es porque la situación que atraviesan las hace vulnerables y terminan siendo captadas por lo que en un primer momento parece una bonita historia de amor verdadero.

Como docentes, no tenemos por qué conocer los pormenores de la vida de nuestras alumnas, por lo que se nos escapa si están viviendo o no una situación de vulnerabilidad. Los estadios previos a las relaciones abusivas son, en general, bombardeos de amor, una especie de luna de miel en la que el abusador logra que la víctima se sienta la persona más especial del mundo. Así que en estos primeros estadios es posible que no observemos nada sospechoso; es más, la alumna puede mostrarse especialmente feliz.

Es más adelante cuando aparecen ciertos indicios que nos deben poner en alerta. Aquí, el retrato robot, pues, no es tanto de las características personales de las alumnas como de los síntomas o comportamientos que manifiestan una vez que la relación de violencia ha echado a rodar. Estos comportamientos son comunes a la mayoría de los casos y podemos considerarlas como posibles señales de alarma.

La Guía de actuación contra la violencia de género en el ámbito educativo de la Región de Murcia, en su página 16, las describe con gran acierto:

  • Su actitud ante el profesorado y sus compañeros/as es diferente a la que solía tener (se muestra irascible, nerviosa, con cambios de humor repentinos sin causa aparente…)
  • Aislamiento cada vez mayor, consecuencia del control y dominio que su pareja ejerce sobre ella:
    • Se la ve alejada de su grupo de amistades, en clase, en los recreos, a la entrada y salida del centro…
    • No quiere asistir a excursiones o a viajes de fin de curso.
    • Abandona actividades extraescolares o de ocio que solía hacer, cambiando sus gustos y aficiones por las de él.
  • Dependencia: Está continuamente en contacto con él a través del móvil o redes sociales.
  • Cambia su forma de vestir o de arreglarse, porque él se lo impone.
  • Disminuye su rendimiento escolar.
  • Está triste o angustiada, no se concentra en clase.
  • Falta injustificadamente o abandona los estudios.
  • Expresa opiniones en las que justifica las desigualdades de género, comportamientos machistas, o incluso el maltrato que sufre, restándole importancia, achacándolo a “su forma de ser” o a que “se preocupa por ella y la quiere mucho”, o culpabilizándose ella misma.

No hay más retrato robot que este puñado de orientaciones.

La víctima de la violencia de género no elige serlo y a veces no es consciente de que lo es. No suele pedir ayuda y decide afrontar sola lo que cree que son “problemas de pareja”.

Desde las aulas, la mejor ayuda que podemos prestar es la detección temprana de los casos. Observar con atención para actuar al primer signo de alarma. Las víctimas terminan recuperándose y tomando las riendas de su vida. Solo necesitan una mano amiga que les ayude a salir del pozo negro de la violencia de género y esa mano puede ser la nuestra.