Los grandes cambios siempre implican a la educación, tanto la formal como la informal, y la igualdad entre mujeres y hombres es quizás el cambio más trascendental que estamos acometiendo en todo el planeta. Por tanto, cuando hablamos de coeducación, hablamos de educar en igualdad o, como más concretamente apunta Nuria Varela, “educar en igualdad para vivir en igualdad”.

Durante todos estos siglos, el patriarcado se ha servido de mitos, estereotipos y creencias que han impedido que la desigualdad se abordase con la profundidad que merece. La profesora Laura Nuño nos recuerda que: 

“El abanico de mecanismos para garantizar dicho control es plural y variable: legislación, educación, socialización, violencia de género, pero también, los mitos o grandes relatos. Estos últimos son esenciales porque representan leyendas explicativas de carácter simbólico y accesible que reconocen valores y contravalores, ilustran sobre las consecuencias de unos y otros y norman los usos y costumbres de una comunidad” (NUÑO, L., 2017:187). 

Por su parte, el sociólogo noruego Galtung, que popularizó la pirámide de la violencia, señala la violencia cultural como una violencia simbólica[1] que: 

“se expresa desde infinidad de medios (simbolismos, religión, ideología, lenguaje, arte, ciencia, leyes, medios de comunicación, educación, etc.), y que cumple la función de legitimar la violencia directa y estructural, así como de inhibir o reprimir la respuesta de quienes la sufren, y ofrece justificaciones para que los seres humanos, a diferencia del resto de especies, se destruyan mutuamente y sean recompensados incluso por hacerlo” (GALTUNG, J.; 1998:35). 

La prevención del sexismo y la violencia de género debe hacerse desde el inicio de la socialización si se pretende que sea efectiva, algo en lo que la escuela es un espacio cardinal. Esto parece ser un consenso de todas las formaciones políticas y sociales. Sin embargo, sí hay una parte inexplorada de la Ley 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, y es la relativa a la prevención en el ámbito educativo recogida en su capítulo 1, donde su artículo 4 recuerda que nuestro sistema educativo:

“Incluirá entre sus fines la formación en el respeto de los derechos y libertades fundamentales y de la igualdad entre hombres y mujeres, así como en el ejercicio de la tolerancia y de la libertad dentro de los principios democráticos de convivencia”, así como “la eliminación de los obstáculos que dificultan la plena igualdad entre hombres y mujeres y la formación para la prevención de conflictos y para la resolución pacífica de los mismos”

Unas indicaciones que también podemos encontrar en la LOMLOE, en las medidas acordadas en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, o en la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. 

La escuela es una institución que, posiblemente de forma inconsciente, perpetúa, produce y reproduce modelos sexistas que son discriminatorios para las mujeres, pero también es de justicia reconocer que hay iniciativas que buscan deconstruir ese modelo patriarcal introduciendo la educación en materia afectivo-sexual, la inclusión de la igualdad en la trayectoria curricular de menores y jóvenes, el desterrar estereotipos de género, el aprendizaje de un uso inclusivo del lenguaje o modelos y referentes no androcéntricos.

Todas las personas que estamos implicadas en el ámbito de la educación somos motores de cambio y tenemos la obligación de educar para una sociedad más justa. En esa tarea, repensar nuestras metodologías en el aula se torna fundamental.


[1] Cuestión sobre la que abunda Pierre Bourdieu que la define como “La violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas “expectativas colectivas”, en unas creencias socialmente inculcadas […] se vuelve simbólicamente eficiente, como una verdadera fuerza mágica: una propiedad que, porque responde a unas “expectativas colectivas” socialmente constituidas, a unas creencias, ejerce una especie de acción a distancia, sin contacto físico” (BOURDIEU, P. 1994:173).