Abres el frigorífico, y desde el interior te llega un olorcillo extraño. El caso es que hicisteis la compra el otro día y no te cuadra que haya nada que pueda oler así. Echas un vistazo rápido. Todo en orden. Lo dejas estar.

Al rato vuelves a abrirlo, y lo que antes era un olorcillo extraño es ahora un tufillo inquietante.

Qué suerte. Justo el nene acaba de entrar en la cocina. Le preguntas.

— Oye, ¿a ti no te huele raro el frigorífico?

El nene mete la cabeza. Olfatea como un Setter.

— Nope.

Coge un yogur y se va.

Seré yo, piensas.

La nena se asoma. Te ve parada mirando la puerta del frigorífico.

— ¿Qué haces? ¿Qué miras?

— Anda, abre el frigo y dime si te huele raro.

— ¡Huy, sí! —dice mientras arruga la nariz. Pero al segundo vuelve a oler y dice que ahora no, que no huele nada.

Te quedas a solas, y lo mejor que se te ocurre es desmontar el frigorífico, sacarlo todo, mirar a fondo.

¡Voilà! ¡Bingo! Tercera balda, al fondo de la derecha. Descubres un envase con una discreta capa de moho que desprende un olor nauseabundo.

Directo a la basura. La próxima vez estaré más atenta, te prometes. No volverá a pasar.

Los micromachismos son como ese tufillo extraño que a veces se huele y a veces no, y que siempre esconde algo que no termina de estar bien.

Se llaman micromachismos, en plural, porque son muchos y diversos, tantos casi como personas, usos y costumbres. A veces son difíciles de detectar porque, al igual que las buenas mentiras, se disfrazan de otra cosa: de amabilidad, de cortesía, de generosidad, de halago, de deferencia, de caballerosidad… Por eso son “micro”, porque son pequeños:  gestos, comportamientos sutiles que parecen insignificantes y que pueden pasar inadvertidos; “micro” en oposición a las perspectivas “macro”, cuya etimología y significado nos remite a grandes entornos y perspectivas y a evidencias flagrantes. Lo cual no impide, claro, que haya micromachismos que huelan mucho, a kilómetros, y que sean burdos y evidentes, algo así como megamacromachismos.

El término “micromachismos” lo acuñó con mucho acierto el psicoterapeuta Luis Bonino Méndez en su artículo «Micromachismos: La violencia invisible en la pareja», que presentó en 1993 en las Jornadas de la Federación de Sociedades Españolas de Terapia Familiar y que, dada su buena acogida, revisó y reformuló posteriormente.

Bonino explicaba los micromachismos en el marco de las relaciones de pareja y los definía como “formas de presión de baja intensidad más o menos sutil” con las que los varones intentan, principalmente y entre otras cosas, “imponer y mantener el dominio y su supuesta superioridad sobre la mujer”.

El termino se popularizó de tal modo que hoy en día no sólo se utiliza para designar determinados comportamientos en las relaciones de pareja, sino también en la sociedad en general. Además, los micromachismos no son algo privativo de los hombres: trascienden géneros, edades, clases sociales, y son un lenguaje común en el mundo de la publicidad.

Son peligrosos porque menoscaban las capacidades de la mujer, limitan su desarrollo integral y su libertad; las infantiliza, las hace pequeñas, invisibles, inservibles, despreciables, dependientes, perpetúan los estereotipos y también la desigualdad.

Son comportamientos, frases y actitudes que agrandan la brecha entre los seres humanos. Personas de primera y de segunda división. Tantos son los micromachismos que es imposible nombrarlos todos. Por lo que hay que agudizar el olfato.

Ese hombre que con tan buena intención insiste en explicarte con todo lujo de detalles algo que tú ya sabes y de lo que eres experta, como relata la escritora Rebecca Solnit en su mordaz ensayo Los hombres me explican cosas (2014).

Ese otro que se empeña en abrirte las puertas y que pases primero, en que no portes objetos pesados o en que pongas tú la lavadora porque no entiende su funcionamiento, aunque sí de mecánica de coches o del manejo del último ingenio tecnológico.

O el que trata a las mujeres como camareras. O te sugiere que te vistas de determinada forma. O no te deja opinar de determinados temas.

O esa amiga que te anima a que, como ella, te coloques prótesis mamarias para sentirte más segura de ti misma, o que te maquilles más a menudo, que seas más mujer, más femenina, para gustar a alguien indeterminado que nunca eres tú. O que te dice que te calles, que te aguantes, que “todos los hombres son iguales”.

O esos anuncios de televisión que hablan de mujeres con incontinencia, mal aliento, estreñimiento, hemorroides, picores íntimos, sobrepeso, insomnio, imperfecciones en la piel, en fin, un rosario de dolencias que parece que sólo les afectan a ellas.

Los micromachismos son tantos, tan habituales y abarcan tantos aspectos que a menudo se hacen invisibles; desarrollamos una especie de ceguera hacia ellos. Tal es el desgaste que producen y la frecuencia con la que suceden. Se convierten en invisibles por la fuerza de la repetición y de la costumbre.

Hay una fórmula, no obstante, que los desenmascara sin ninguna duda. Una práctica sencilla, como la de revisar el frigorífico si algo huele mal. Se trata de dar la vuelta al argumento, a la frase, al hecho o a la cuestión. Si ese comportamiento se dirigiera a un hombre en lugar de a una mujer, ¿nos chocaría? ¿resultaría ofensivo o ridículo o hiriente? ¿pondría en duda sus habilidades, cualidades o inteligencia? Si la respuesta es sí, seguramente se trata de un micromachismo.

“Algo huele a podrido en Dinamarca”, decía Marcelo, en Hamlet. Y algo huele a podrido en nuestra sociedad. Los micromachismos ejemplifican como nada el gran poder de los pequeños gestos. Cómo algo aparentemente insignificante o inocente o trivial socava los cimientos de las personas. Envenena las relaciones. Dinamita la igualdad. Agranda la brecha de género. Las “mentirijillas” que mil veces repetidas se convierten en verdades que se perpetúan. Pero sólo si las dejamos.