Hubo un tiempo, hace veinte o treinta años, en el que se llevaban las tallas únicas. Y, como sucede con todas las modas, no había establecimiento que no las vendiera ni fabricante que se resistiera a confeccionar una prenda que sirviera a todo el mundo.

Aquello estaba bien porque no había que pensar; sólo alargar la mano, coger la prenda y pasar por caja. Sin necesidad de recordar la talla que utilizabas, sin necesidad siquiera de visitar el probador porque era lo que había: lentejas.

Los estándares de excelencia de aquellas prendas eran más bien escasos. Por cada persona a la que le quedaba como un guante, había unas cuantas a las que les sentaba como un saco. Así que, con el tiempo, la moda se fue desinflando y pasamos a que cada cual utilizara su talla. Y con todo y con eso, no todas las marcas nos sientan igual de bien y cada uno tendemos a utilizar las nuestras.

La profesión de docente se parece mucho a la de bombero, por aquello de que nos pasamos el día con la sensación de estar apagando fuegos: preparar las clases, impartirlas, resolver conflictos en el aula, pasar exámenes, corregirlos, acudir a las juntas de evaluación, claustros, seminarios, cursos de especialización… Una vorágine incesante de actividad y actividades, el pensamiento compartido de que no nos da la vida, la urgencia de resolver los imprevistos que suceden a diario y la ausencia de consuelo en el hecho de que todos nos encontremos en la misma situación alguna vez.

Personas, son personas con las que trabajamos y no bolsas de naranjas, y por eso tanta urgencia en darles respuestas rápidas y eficaces. El listón personal muy alto porque no queremos fallar. No podemos fallarles. No lo vamos a permitir. Son tantos y tantos los fuegos, que algunos compañeros acaban quemándose. Se retiran abrasados. Seguro que te suena.

La profesión de docente se parece mucho también a la de aquellos fabricantes que apostaron por las tallas únicas. Entre tanta agitación, entre tanta prisa, en este entorno de inmediatez donde nos hemos acostumbrado a que la velocidad de la vida sea la misma que la de un clic en una pantalla, apremia la urgencia por resolver las situaciones ya mismo.  En un instante.

En esa búsqueda de una solución, queremos, necesitamos, exigimos, bálsamos inmediatos, y es aquí donde aparecen/encontramos en un grupo de WhatsApp o de Telegram o en un post de una red social  o en un libro o en una publicación o vete a saber dónde uno de esos trajes que sirven a todo el mundo. ¡Qué bueno que llegaste!

Y, por un momento, respiramos con alivio. Lo cortamos, lo cosemos, se lo probamos a nuestra clase… Pero la realidad se impone. Las tallas únicas no funcionan. No acaba de encajar con nuestros alumnos. Tenemos sobre la mesa otro plato de frustración y el sentimiento de haber perdido otra partida (game over) y  empezamos otra vez mientras el tiempo corre, corre, se nos escapa, vuela…

No es sólo que las tallas únicas no sienten bien; es que vivimos en un mundo cambiante, en constante evolución (o involución, según se mire, pero esto sería tema de otro artículo). De esto ya se dio cuenta, allá por el 500 a. C., el filósofo Heráclito de Éfeso, que resumió la cuestión con la famosa frase de “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” y esa de “todo fluye, nada permanece”. Nada nuevo, pues, bajo el sol.

Llegados a este punto, donde la paciencia y las fuerzas flaquean, la tentación es la de tirar la toalla y que salga el sol por Antequera. ¿Cómo hacemos para implementar unas buenas prácticas coeducativas en el aula con semejante panorama?

Los docentes nos parecemos mucho a los bomberos y a los fabricantes de tallas únicas y también a los labradores, a esos que siembran semillas de las que no tienen certeza de que vayan a crecer. Unos labradores francamente especiales, porque siembran aquí, siembran allá, y cuando llega el momento de ver si en efecto hay verdes brotes, estamos en otra parte o son nuestros alumnos los que lo están, ya crecidos y en otros cursos. Y no podemos ver si esa semilla que plantamos en cada uno de ellos arraigó o no.

Así que probablemente nuestro oficio tiene también algo que ver con la religión por aquello de la fe, de confiar en que lo que hacemos tendrá (algún) resultado.

No hay un programa concreto, ni ninguna actividad específica, que sirva para todos los alumnos porque todos son diferentes. Lo que nos queda es adaptarnos a las circunstancias del grupo, conectar con su universo personal y cultural, y lanzar mensajes hasta allí, cápsulas del tiempo que un día se abrirán o no, dependiendo de cada cual.

La práctica coeducativa no es una sesión de 50 minutos en la que sermoneamos a los alumnos sobre “la igualdad de género” o sobre la necesidad de desterrar el uso genérico del masculino (“nosotros”) en favor de un muchas veces encorsetado “nosotras” o sobre la genialidad de usar a cada instante piruetas verbales inclusivas. Porque ni se puede explicar ni se comprende a dónde llegamos con esto si en el día a día seguimos abriendo un abismo entre géneros con nuestros pequeños gestos cotidianos. Porque ni se comprende ni sirve para crear de facto un mundo de igualdad de oportunidades. Del mismo modo que tampoco se entiende de qué manera favorece la igualdad ni tampoco sirve para ello que un ayuntamiento del sur de Madrid haya pintado imágenes de mujeres famosas en los contenedores de basura (de vidrio, concretamente). Algo que, como dice el populacho, además, habrían de “hacérselo mirar”, por aquello de pintar, precisamente, a las mujeres allí donde se arroja la basura. Otro tema que, también, daría para una extensa reflexión.

Las buenas prácticas coeducativas no son un hecho concreto, un acontecimiento único en forma de tutoría o de clase magistral o de actividad determinada. Son un devenir, un acontecer diario, un sumatorio de todas las acciones que mostramos al alumnado a lo largo del curso escolar. Un ejercicio de coherencia diaria que exige nuestra atención e implicación y que no se puede inventar ni disfrazar ni representar. Es decir, que si no crees que exista una brecha entre hombres y mujeres más allá de la salarial (o ni eso), si nunca te has percatado de ningún micromachismo, si no eres capaz de identificar situaciones donde los derechos y libertades de las mujeres están muy por debajo del subsuelo aquí o en otros lugares del planeta, si la explicación al trato desigual o a comportamientos más graves es la de “un hecho aislado” o “la excepción”, difícilmente podrás transmitir el valor de la igualdad entre las personas, más que nada porque si para ti la desigualdad no existe, el motivo fundamental para combatirla desaparece.

La escritora Gloria Steinem, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2021, prolífica autora y brillante pensadora, en una de las entrevistas que concedió al recibir el galardón, decía, entre otras cosas que “niños y niñas tienen que sentir que de ellos se espera lo mismo y para eso deben crecer en un mundo en el que lo que ven es exactamente eso”.

Si existe una brújula que pueda orientar nuestra práctica coeducativa en el aula es precisamente esto: esperar lo mismo tanto de nuestros alumnos como de nuestras alumnas. Transmitirles con el ejemplo diario que no hay un mundo de hombres y un mundo de mujeres, sino un mundo donde convivimos hombres y mujeres, un mundo de personas, donde hombres y mujeres, mujeres y hombres, tenemos los mismos derechos y obligaciones y la libertad de realizarnos haciendo lo que elijamos hacer.

Transmitir semejante mensaje exige un importante examen personal de nuestros pensamientos y actitudes, un examen que podemos suspender pero que estamos a tiempo de recuperar. 

Señalar con insistencia a las mujeres como colectivo desfavorecido, resaltar sin cesar las desigualdades, encajar a hombres y mujeres en compartimentos estancos, crear una suerte de batalla entre ellos y ellas, a menudo resulta tan útil como arrojar toneladas de sal sobre una herida. Creemos que nos acercamos y nos alejamos más y más. Creemos formar amigos y alimentamos enemigos.

Es hora de pensar la igualdad desde la igualdad. Es el momento de poner en valor las capacidades con las que estamos dotadas las personas. Es la hora de actuar. De predicar con el ejemplo. De permitir que niños y niñas puedan hacer lo mismo, favorecer que lo hagan y poner el listón al mismo nivel para los dos todos los días. Que no haya excusa y que, si la hay, no sea la de ser un niño o la de ser una niña.

Sembrarás la semilla, la regarás, la cuidarás, pero no siempre serás tú quien recoja la cosecha. Muchas veces, ni siquiera sabrás si creció, o cuánta, o cómo, o cuándo. Un ejercicio de paciencia en toda regla y de infinita generosidad desde el que plantear nuestra praxis docente en un mundo de fuegos y de tallas únicas.

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